Augusto miró paralizados sus pies sobre la alfombra.
Parecía que una avispa gigante hacía tiritar el suelo y las paredes. Él también
tiritaba. Tenía las fosas nasales bañadas con olor a humedad e inhalaba el
polvo que flotaba en el ambiente. Se sentía solo y acechado a la vez, más solo
y más acechado que nunca. Caminó unos pocos pasos. Extendió tímidamente la mano
y contorneó una de las tantas máquinas víctimas del abandono. Dispuso la mano a
la altura de los hombros y la examinó: el polvo era suave, gris claro y, por
sectores de la palma, como si se tratara de un arado, concentrado en surcos
apeluzados. Sin bajar la mano, giró la cabeza como si fuese una lechuza con los
ojos enormes y asustados. Contempló las paredes blancas y desnudas y el sello
indeleble del olvido en todo el sitio. Precavidamente se dirigió a unos
escritorios. Escarbó obsesionado buscando algún documento olvidado para leer o
algún lápiz para reconfortarse con el olor a grafito. Todo sin éxito. Se sintió
terriblemente idiota. Y, aún más, cuando rogó por algún compañero que estuviese
viéndolo detrás de un mueble de oficina (aunque su compañero también pensara
que él era un idiota). En ese momento no le molestaría encontrar arañas o
ratones enormes: todo con tal de no sentirse tan sólo.
Estaba convencido de que aquel era un espacio en la galaxia
exento del paso del tiempo. Entonces tuvo la sospecha de estar muerto:
seguramente estaría en el limbo o en el purgatorio. Muerto por la curiosidad
que lo había llevado ahí.
El vacío le oprimía el pecho. Se desgarró las cuerdas
vocales con un grito, pero ni su eco lo acompañó. La avispa volvió. Intentaba
acorralarlo. Augusto corrió: Iba hacia la escalera muerto de angustia.
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