El mensaje de Lau lo leí hace una semana, diez días.
Aparentemente le gusta allá. Siempre dijo, aún sin conocer Buenos Aires, que la
gente de ahí es más flexible. En el mensaje me contaba que se metió en un curso
de maquillaje ¡Debe estar tan feliz! Yo siempre me imaginé a Lau en un trabajo
de ese estilo: me acuerdo que nunca hubo forma de tapárselo. A Papá nunca le
gustó que nos produzcamos -es más, a mi vieja, jamás la vi con una sola gota de
maquillaje- y con Lau siempre andábamos
arreglándonos a escondidas.
Igual, Papá con Lau tenía una fijación. Por ejemplo: Cuando tomé
la comunión, Papá me regaló una cadenita con una medalla de la Virgen del
Milagro. Con Eleo y Lucero hizo lo mismo y al más chico, Enzo, le regaló una
pelota hermosa. A Lau no le regaló nada. La cadenita era, a la vista de papá,
casi una coquetería, una suerte de tregua que decía "no soy tan
severo". A Lau no quiso darle ese mensaje porque directamente no le regaló
nada: le palmeó la espalda con ese gesto que ponen a veces los padres a la
noche, detrás de la puerta de su habitación, sin abrir mucho, cuando uno quiere
ir a dormir con ellos porque tiene miedo y ellos quieren fifar y con ese gesto
dicen "andá a tu cama". Se le paró adelante bien erguido a lo macho
alfa, puso ese gesto y le palmeó la espalda: eso fue todo.
Yo siempre fui cómplice de Lau.
El mundo del maquillaje y la bisutería nos resultaba algo casi místico. Cuando
quedada una monedita la guardábamos para comprar pulseritas que después
escondíamos atrás de los cajones. Mi vieja no ayudaba mucho: era un títere de
mi viejo. A penas encontraba algo raro le decía a Papá y él resolvía qué hacer.
Casi siempre eran golpes. Por eso digo que ahora debe estar más que feliz: sin
hacer las cosas a escondidas, sin culpa, sin gritos ni golpes.
Durante muchos años fui la única testigo de los
momentos más genuinos y felices de Lau. Mirá, una vez, después de ahorrar y
mentir mucho nos animamos y compramos un rimmel. A los pocos días papá se fue a hacer un
trabajo y mamá fue a misa con la abuela. Entré deslizándome en la pieza de los
varones: Enzo y Lau dormían profundamente. Desperté a Lau y en un ritual muy
silencioso recolectamos las pulseritas y los anillos. De ahí nos encerramos en
la pieza de la abuela. Le agarramos colgantes, aros y una peluca para Lau
porque en esa semana le habían cortado el pelo muy cortito, casi rapado.
Desfilábamos y Lau irradiaba alegría. Era muy paradójico: nos encerramos y
fuimos más libres que nunca. Después nos lavamos bien la cara y devolvimos todo
a su lugar. Pese a las precauciones, papá notó algo raro al llegar-hasta el día
de hoy no sé qué puede haber sido-, revolvió las habitaciones y encontró las
pulseritas en mi cómoda y el rimmel en - dentro, no debajo- la almohada de Lau.
Desde esa mañana Lau no fue el mismo: siguió su vida con mucho miedo. Por eso
ahora, por más que lo extrañe, estoy muy contenta con su felicidad.
Fotografía de Alessandra Sanguinetti

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