lunes, 3 de julio de 2017

Choca-pómulo

 “Naín salió choca-pómulo”, dijo Mercedes. Me lo trasmitió con un tono de lamento comparable al tono que pondría al contar que su hije quiere ser policía. Para hacerle entender que esa situación no era algo definitivo, que era una etapa quizás, que estaba exagerando, le contesté que Naín es unx nenx todavía ¿Para qué le contesté eso? Al escucharlo se infló los pulmones desmedidamente (quizás para inhalar palo santo), se quedó ocho segundos con el aire retenido (los ocho segundos exactos que se toma para retener cuando medita) y soltó sonidos que no se parecieron ni un poco a un mantra: “con más razón, siendo niñe no debería ser choca-pómulo. Esto me tiene muy angustiade”, respondió. Pero Mercedes más que angustiade está avergonzade. No le dijo nada a Naín porque eso significaría no dejarle ser. Pero las ganas de no dejarle ser (choca-pómulo) se le notan a la legua.
De todas formas le entiendo. Hay pocas cosas tan desesperantes como ver cuando Naín saluda a alguien. Más si ese alguien es amigue de la familia. Más si Mercedes está presente. Si quien saluda es amigue de la familia, intentará saludar (como a todes) a Naín con un abrazo, un beso, una caricia. Y ya con el abrazo Naín se pone rígide: no alza sus brazos para abrazar, se limita a ser abrazade y se le ve la incomodidad en el aura. Mercedes, entonces, mira casi sin mirar: sabe lo que se viene. Para cuando el intento de abrazo concluye y quien saluda pretende dar o recibir un beso, Naín no acomoda la mejilla para ser besade, no saca labio, tampoco hace ruidito de beso. Da un golpe en el pómulo con la mandíbula o con el pómulo propio –lo que esté más a mano, lo que le permita huir más rápido de un saludo amoroso-. Y en este punto quien saluda se siente tan frustrade que ni siquiera intenta acariciarle. Mercedes mira la separación post-abrazo y no cambia su expresión constante de paz pero por dentro es un mar de reproches. Por fuera tararea Perotá Chingó y por dentro se pregunta qué hizo para tener une hije choca-pómulo.

Cargando...

En el último mensaje, antes de bloquearlo, le escribí “No. Te estaba cargando. Chau.”. Me había preguntado si podíamos volver a vernos por lo menos como amigos y yo le contesté que sí, que “re” quería y le puse un montón de emojis que decían “sarcasmo” de acá a Indochina. Se ve que no captó y, entonces, me preguntó si quería que nos viésemos esa misma noche. De ahí mi respuesta. 
“estaba” fue la conjugación exacta para exhibir ese momento preciso de mi ruptura, y “cargar” fue el verbo exacto para condensar mis motivos para irme de casa. Ningún otro verbo hubiera resumido mi relación. Con “joder”, “descansar”, “molestar” me hubiera referido a algo que estaba haciendo cuando acepté sarcásticamente su propuesta pero no era una forma de expresar el porqué de mi disgusto que era, en realidad, lo que yo quería. Explicarlo pero sin hacerlo explícito: eso quería, después de tanto tiempo, no servirle todo en bandeja. Y por eso ahí lo bloqueé, porque me iba a pedir motivos que, con esfuerzo, podría notar porque yo ya había dicho con menos de veinte caracteres.  Con “cargar” me había referido al hecho de que yo lo sostenía, lo cargaba del “cargar” que uno usa para decir, por ejemplo: “¿podés cargar un rato a la beba que yo tengo que pasar el trapo?”. Juan había delegado todo su bienestar en mí, no era capaz de hacer algo por sí mismo, ni siquiera por su propia salud. Ya me había advertido mi ex cuñada que él es como una criatura que “hay que cuidarlo mucho porque es muy frágil”. Y yo siempre, mientras tuvo trabajo, lo cuidé. Cuando dejó de tener trabajo se deprimió y mi cuidado se transformó en anulación. Yo llegaba cansado de laburar y lo veía en pijama, jugando a la Play. La situación era invariable: el mismo pijama, el mismo juego, el mismo living y así las 10 horas del día en las que estaba despierto. Me molestó la situación y me peleé con él varias veces hasta que entendí que estaba desmotivado. Entonces, opté por motivarlo: le mostré que había un montón de laburos re copados, lo invité al shopping y le compré camisas lindas para alguna probable entrevista laboral, hicimos juntos un taller de serigrafía, armamos juntos su CV y hasta lo anoté en un curso para perfeccionar su inglés pero Juan siempre volvía al sillón, al pijama y a la Play. Me di cuenta entonces que lo estaba “cargando” pero estaba vez de otra forma: lo estaba cargando en el sentido de “dotar”(del "cargar" que uno aplica para "tengo que cargar el celu"), de dar una carga de sentido, un motivo para vivir que él no lo encontraba. Después mi delicadeza desapareció, me cansé y, ya en la última instancia, empecé a exigirle, creyendo que con un par de gritos podía avivarlo y hacerle nacer el interés necesario para que dejara el abandono que tenía con él mismo. Nada tuvo sentido. Por eso mi mensaje, por eso el pretérito de “estar”: ya no lo hago más y no pienso, en ningún sentido de la palabra, volver a cargarlo.

Varones salvajes

Nadie te mira. Aprovechás para ponerte, sin presionar, el vaso enfriado por el jugo sobre la picadura. Lo retirás antes de levantar sospechas o antes de que Mamá pregunte de dónde sacaste esa idea y diga que el vaso va en la mesa como si no supieras que ese es su lugar, como si fueras una nena de jardincito. Vos no sos de jardincito: ahora vas a la escuela y te la aguantás. “Ajo y agua”, como dice el tío Beto. Pero la picadura empieza a extrañar el frío del vaso y sentís otra vez como si tuvieras un corazón diminuto en el muslo izquierdo, un corazón que late rápido y fuerte y pide frío para calmarse. Sentís, incluso, como si el aguijón se estuviera moviendo. No sabés si está clavándose más en tu carne o si está saliendo muy de a poco ¿Lo sentís solamente o es real? No podés fijarte: Papá no está tan imantado a la tele y Mamá ya se sentó a la mesa. Intentando disimular el ardor, el pinchazo y el latido te llevás un raviol a la boca. Masticás lento y te quedás con la mirada fija en el vaso no tan lleno y no tan frío como antes. El jugo sabor multifruta marca Mocoretá que contiene el vaso es bien rojo, rojo como los cuernos del Diablo o rojo como el rojo que debe tener ahora tu picadura. La última vez que chusmeaste estaba de un color rojo tenue, hinchada y un poco más elevada hacia el centro, como si se tratara de una montañita. Imaginás que en algún momento, apretándote o no, el aguijón va a salir. “Seguro, el aguijón va a salir con el estallido de la picadura”, pensás aunque con otras palabras. “¡Comé con la boca cerrada, Malena!” La voz de Mamá te saca de tus pensamientos. Ahí mismo, Papá agarra el control y dice que va a poner algo que les guste a los cuatro (mentira: Mamá ni mira tele y Lauti es chiquito y mira solamente dibujitos). Papá deja el Discovery y te dice “¡Mirá, Male: un documental sobre volcanes!”. Y, efectivamente, mirás y ves lava brotando de ese agujero que está en lo más alto del volcán y te acordás de la imagen que recién dibujaste en tu cabeza: la picadura estallando y expulsando el aguijón. Con ese recuerdo el ardor, el pinchazo y el latido se sienten más. Pensás que quizás este almuerzo es una trampa, que quizás Mamá y Papá ya saben que saliste a jugar con los chicos, que algún vecino les contó que los vieron tirándole piedras a un panal y que a vos te picó una abeja en la pierna. Quizás todo es una trampa para que confieses y para que tu Mamá vuelva a tener toda la razón y diga que no te quiere ver más jugando con los varones y, sobre todo, con “esos” varones que son “tan salvajes”. No sabés si esto es o no una trampa: lo único que de verdad sabés es que te duele la picadura y que los volcanes se ven igualitos a las picaduras de abeja.

No lo sospechás, por supuesto ¿cómo habrías de sospechar? Dentro de casi veinte años te va a pasar algo parecido a esto: vas a descubrir a qué otra cosa se parece un volcán. Una mañana, en la oficina, al cruzarte de piernas, vas a sentir un pinchazo sin saber el motivo de esa irrupción. Vas a sospechar que algo pinchudo se te metió en la media de nylon o en la bombacha y vas a postergar la corrida al baño para deshacerte de esa molestia hasta el break (No, Male, no vas a saber hablar en inglés: vas a decir “break” porque todos en la office dicen “break” y “call” y “after”).  Te vas a meter en un cubículo del baño y vas a bajar la tapa, vas a sentarte en el inodoro tapado y te vas a bajar de una sola vez la media junto con la bombacha. Vas a buscar en la media y en la bombacha el supuesto objeto o fracción de objeto que, supondrás, causaba anteriormente el pinchazo y no vas a ver nada extra: nylon en la media de nylon y bombacha con flujo en la bombacha. Vas a pensar que quizás el fucking pinche se te clavó y, para verificarlo, vas a repetir el movimiento que te hizo detectar el lugar específico de la molestia. Ahí, con el cruce de piernas, vas a volver a sentir el pinchazo cerca del glúteo. Con los años vas a perder elasticidad y la vista no te va a llegar, como ahora, al glúteo. Vas a tocar la zona de la molestia y vas a percibir una elevación. Vas a rechazar la idea de que pueda ser un objeto extraño a tu cuerpo. Vas a palpar y a notar, así, una protuberancia demasiado grande como para ser un pelo encarnado. Y, espejito en mano, te vas a parar para contemplarla. Va a ser rojo como la picadura de abeja. Para ese entonces vas a saber qué significa una ETS y por eso vas a abrir bien grandes los ojos y, acto seguido, vas a googlear “grano rojo en la zona genital”. Ninguna de las imágenes que Google te exhibirá se va a parecer a tu protuberancia: la tuya va a ser de un color rojo tenue, hinchada y un poco más elevada hacia el centro, como si se tratara de una montañita. Vas a pensar entonces que al apretarla seguro va a estallar, expulsando sangre aguachenta, de aspecto similar al jugo Mocoretá sabor multifruta. Y vas a recordar, entonces, este almuerzo y el documental sobre volcanes. Vas a pensar, en ese momento, que no sabés de qué se trata tu protuberancia veinteañera, sólo vas a saber que te duele y vas a llegar dos conclusiones: una va a ser “los volcanes se ven, también, igualitos a mi protuberancia” y, la otra “qué bueno que no está Mamá para hacerme sentir que tiene toda la razón y decirme que no quiere verme con tal o cual varón y, sobre todo, con esos varones que son tan salvajes”.

Durante la siesta



 No podía dormirse. El ruido de las patas y el pico de la cotorra contra el metal no ayudaba. De no haber sido por el ruido, que casi le hacía doler los dientes, hubiera considerado la angustia que podía causarle a su primo. Pero no, no consideró el cariño –si es que así podía llamarse- que David tenía por Stella, la cotorra. No consideró lo mucho que éste se divertía cuando, al sacarla de la jaula, la agarraba con una fuerza que delataba saña para después, con ella, fingir que era un pirata. Si Stella hubiera sido una bombucha, habría explotado en la mano de David.
Se sentó en la cama y paró el oído. Contó mínimo cuatro ronquidos y giró la cabeza para mirar a David que, constató, dormía con la boca abierta, exhibiendo todas sus piezas dentales.
 Llegó en silencio al lavadero, donde estaba Stella. Se detuvo frente a la  jaula con la mano en el alambre que ataba la puerta solamente para recordar si Stella alguna vez había cantado. “Cantó hasta que David tuvo la altura suficiente para llegar a la jaula”, pensó.  Entonces desató el alambre y metió la mano en la jaula. Stella daba saltitos sobre el palo y no se dejaba agarrar: no adivinaba la intención del humano posicionado frente a ella. Con Stella entre sus manos caminó hacia el níspero, la dejó en la rama más baja y volvió a la cama. Para cuando todos se despertaron, Stella seguía ahí y decidieron que al día siguiente le cortarían las alas.