Casi cinco minutos duró la pequeña revolución. Fue desde el Do hasta “es el ángel que te cuida, que se está muriendo acá”
La canción concluía y previo a buscar cambio chico, con el dedo índice se jalaba desde el párpado inferior una lágrima robusta que le había sido arrancada en un vaivén de recuerdos y añoranzas futuras. Humedeció con ella el puño del prodigioso sweater azul inglés. El mismo que, 14 kilos atrás, había sido de su viejo y que, con seguridad, en alguna noche, en algún muelle, en alguna isla de El Tigre su vieja había usado para abrigarse.
Preso de una conmoción que hace meses no sentía, hurgó en su pantalón, en los reductos de los bolsillos rotos de la campera , en los compartimientos improvisados de la mochila donde se escabullían un sinfín de cosas. Mientras sus dedos nadaban entre pelusas, serpentinas de madera de lápiz, envoltorios de caramelos, fragmentos de boletos, tapas de lapiceras y alambrecitos que habían sido clips, advirtió no tenía ni una moneda, tampoco algún billete de poco valor.
De no haber corrido el riesgo de que su voz sonara resquebrajada, producto de un principio de llanto, le hubiera pedido cambio para darle entre $1 y $5. En su lugar, extendió dentro del puño cerrado, con un halo de vergüenza, un billete de $20. Y eso, solo eso: ni una palabra, ni una lágrima.
Esa noche el cantor del subte se compró el vino que más le gustaba. mientras, el pasajero conmovido dibujaba en el techo, con los ojos, uñas sucias arañando cuerdas de guitarra. El cantor se sonreía imaginando esa agua salada que sale de los ojos cuando la alegría lo atropella a uno como un subte. El pasajero hundía la cabeza en la almohada para sentir que su cráneo era ese aire que se calienta entre las palmas de dos manos en un apretón sin ceros, sin números, sin papel moneda. Imaginaba su mano de figazza apretando una mano de guitarrista con uñas sucias mientras su voz multiplicada y mojada, a coro, repetía “Gracias”.