Se había despertado con cantos de pájaros: nada de ringtones. Se desayunó un beso de mate amargo y abrió el cierre de la carpa. Asomó la cabeza. El sol le impactaba directo en los ojos y, como en una batalla medieval, el color marrón claro de sus ojos desenvainó y avanzó sobre su enemigo, la pupila, haciéndola retroceder bruscamente. Posicionó los pies desnudos en la tierra húmeda. Sintió sus pies hundiendo contra la tierra las gotas de rocío que dormían en las puntas del pasto. Inhaló aire con aroma a corteza de árbol mojada y a rescoldo abandonado. Se estiró como haría un jipi en una clase de yoga o en su misma situación. Relajó cada músculo y articulación. Dio unos pasos tímidos. La tierra fría le resultó tan reconfortante que opacó hasta anular el temor a clavarse algo.
Caminó hacia el río y lo bordeó con la calma de una viejita que va a misa. Percibía cómo cada célula de su cuerpo le agradecía haber abandonado la urbe en el arrebato jipi de su compañera.
Detuvo su caminata frente a un aliso de río, sin saber que el árbol en cuestión se llamaba "Aliso de río". Lo miró con la seguridad total de que en todo el mundo no había ser más noble que un árbol y experimentó la necesidad de subir a él como experimentó el deseo de penetrar a su compañera después de que ella lo adiestrara en el trotskismo.
Luego de sacar a relucir una destreza física abandonada en la pubertad, se sentó en una rama elevada. Una vez que se repuso de la taquicardia, ya no se acordó de Lucila, del mate con humito ni del sexo matinal. Era él con el río, el viento en la cara y el verde en el horizonte.
Divisó una figura humana a la distancia. No podía ser nada menos que su chica. Decidió pararse para gritarle, que lo viera e impresionarla.
Unas fracciones de segundo después hacía un recuerdo de situaciones contundentes a lo largo de toda su vida y, mientras, se le arremangaba el jogging-pijama por la acción del viento que lo envestía desde abajo. Estaba cayendo. Esa caída se parecía al salto bungee que hizo meses atrás con Lucila, solo que esta vez carecía de seguridad.
Los siguientes días de verano los pasó reposando por sus dos piernas enyesadas, rascándose las gambas con un palito de madera y desesperándose porque el palito no llegaba a todos lados. Con una picazón que se asemejaba a una tortura china, puteaba al hipismo, al puto aliso que para él no era aliso, a la zurdita de su actual ex y a su necesidad de conectar con "mamá pacha".
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