Una silla alta para bebés
Un bebé ovillado a los brazos de su madre
la madre meciéndose en una silla de mimbre
(Perder temor)
Hamacarse en una silla
Convertir la silla en un juguete
Jugar al juego de la silla
correr ansioso, en círculos
(Temer perder)
Silla de computadora
Videojuegos
Competencia
(Temer perder)
Call center
competir
incompetencia
(perder el laburo
encontrarte perdidx)
Contemplarla sentada en la silla de algún bar
coger en una silla
Una silla de ruedas
una vieja deteriorada que la conduce
Una sala de espera
llena de sillas
esperar lo indescifrable
en una silla de hospital
(Ganar temor)
Dormir en una silla
desangrarse esperando en una silla
dormir en una silla y no despertarse más
(Perder)
Van Gogh diluviado
cortándose la oreja
(Perder el juicio)
sentado en la silla del dormitorio de Arlés
El culo de un juez
ahogando su silla
(Juicio perdido)
La dama de los ojos vendados
(Temor)
Parada
Bajando la palanca
de la silla eléctrica
(Perder)
miércoles, 14 de diciembre de 2016
La rage, cabrón
Bronca de tener que pelear contra mí
y que mi enemigx me conozca
de no llegar a un acuerdo conmigo
Bronca de haber crecido
Bronca de tener que laburar para bancar mis placeres
Bronca de racionar los placeres para sobrellevar las responsabilidades
Bronca de estar pendiente de que los placeres no se vuelvan vicios
Bronca por obligarme a fluir
por mi autoboicot
Bronca del "a esa tortilla le hace falta huevos"
de que mi pelo no sea definido
y de ser superficial con mi pelo
Bronca de no conseguir laburo porque no tengo experiencia
y bronca de no tener experiencia porque no me dan laburo
Bronca de la gente que usa perfumes empalagosos
de los muñequitos de gato que mueven una pata
Bronca de no verle ni la cara a los que nos joden la vida
Bronca de que mi bronca implosione
Bronca porque la television y los reallitys nos prometieron triunfar
y somos una insignificancia prescindible
y que mi enemigx me conozca
de no llegar a un acuerdo conmigo
Bronca de haber crecido
Bronca de tener que laburar para bancar mis placeres
Bronca de racionar los placeres para sobrellevar las responsabilidades
Bronca de estar pendiente de que los placeres no se vuelvan vicios
Bronca por obligarme a fluir
por mi autoboicot
Bronca del "a esa tortilla le hace falta huevos"
de que mi pelo no sea definido
y de ser superficial con mi pelo
Bronca de no conseguir laburo porque no tengo experiencia
y bronca de no tener experiencia porque no me dan laburo
Bronca de la gente que usa perfumes empalagosos
de los muñequitos de gato que mueven una pata
Bronca de no verle ni la cara a los que nos joden la vida
Bronca de que mi bronca implosione
Bronca porque la television y los reallitys nos prometieron triunfar
y somos una insignificancia prescindible
Yo te vi levitar
Se había despertado con cantos de pájaros: nada de ringtones. Se desayunó un beso de mate amargo y abrió el cierre de la carpa. Asomó la cabeza. El sol le impactaba directo en los ojos y, como en una batalla medieval, el color marrón claro de sus ojos desenvainó y avanzó sobre su enemigo, la pupila, haciéndola retroceder bruscamente. Posicionó los pies desnudos en la tierra húmeda. Sintió sus pies hundiendo contra la tierra las gotas de rocío que dormían en las puntas del pasto. Inhaló aire con aroma a corteza de árbol mojada y a rescoldo abandonado. Se estiró como haría un jipi en una clase de yoga o en su misma situación. Relajó cada músculo y articulación. Dio unos pasos tímidos. La tierra fría le resultó tan reconfortante que opacó hasta anular el temor a clavarse algo.
Caminó hacia el río y lo bordeó con la calma de una viejita que va a misa. Percibía cómo cada célula de su cuerpo le agradecía haber abandonado la urbe en el arrebato jipi de su compañera.
Detuvo su caminata frente a un aliso de río, sin saber que el árbol en cuestión se llamaba "Aliso de río". Lo miró con la seguridad total de que en todo el mundo no había ser más noble que un árbol y experimentó la necesidad de subir a él como experimentó el deseo de penetrar a su compañera después de que ella lo adiestrara en el trotskismo.
Luego de sacar a relucir una destreza física abandonada en la pubertad, se sentó en una rama elevada. Una vez que se repuso de la taquicardia, ya no se acordó de Lucila, del mate con humito ni del sexo matinal. Era él con el río, el viento en la cara y el verde en el horizonte.
Divisó una figura humana a la distancia. No podía ser nada menos que su chica. Decidió pararse para gritarle, que lo viera e impresionarla.
Unas fracciones de segundo después hacía un recuerdo de situaciones contundentes a lo largo de toda su vida y, mientras, se le arremangaba el jogging-pijama por la acción del viento que lo envestía desde abajo. Estaba cayendo. Esa caída se parecía al salto bungee que hizo meses atrás con Lucila, solo que esta vez carecía de seguridad.
Los siguientes días de verano los pasó reposando por sus dos piernas enyesadas, rascándose las gambas con un palito de madera y desesperándose porque el palito no llegaba a todos lados. Con una picazón que se asemejaba a una tortura china, puteaba al hipismo, al puto aliso que para él no era aliso, a la zurdita de su actual ex y a su necesidad de conectar con "mamá pacha".
Link Aeropuerto - 2 minutos
Caminó hacia el río y lo bordeó con la calma de una viejita que va a misa. Percibía cómo cada célula de su cuerpo le agradecía haber abandonado la urbe en el arrebato jipi de su compañera.
Detuvo su caminata frente a un aliso de río, sin saber que el árbol en cuestión se llamaba "Aliso de río". Lo miró con la seguridad total de que en todo el mundo no había ser más noble que un árbol y experimentó la necesidad de subir a él como experimentó el deseo de penetrar a su compañera después de que ella lo adiestrara en el trotskismo.
Luego de sacar a relucir una destreza física abandonada en la pubertad, se sentó en una rama elevada. Una vez que se repuso de la taquicardia, ya no se acordó de Lucila, del mate con humito ni del sexo matinal. Era él con el río, el viento en la cara y el verde en el horizonte.
Divisó una figura humana a la distancia. No podía ser nada menos que su chica. Decidió pararse para gritarle, que lo viera e impresionarla.
Unas fracciones de segundo después hacía un recuerdo de situaciones contundentes a lo largo de toda su vida y, mientras, se le arremangaba el jogging-pijama por la acción del viento que lo envestía desde abajo. Estaba cayendo. Esa caída se parecía al salto bungee que hizo meses atrás con Lucila, solo que esta vez carecía de seguridad.
Los siguientes días de verano los pasó reposando por sus dos piernas enyesadas, rascándose las gambas con un palito de madera y desesperándose porque el palito no llegaba a todos lados. Con una picazón que se asemejaba a una tortura china, puteaba al hipismo, al puto aliso que para él no era aliso, a la zurdita de su actual ex y a su necesidad de conectar con "mamá pacha".
Link Aeropuerto - 2 minutos
Déjà vu
Un enrejado que no cumple su función limitadora
vano, abierto
Salgo por él
Mis pies siguen el sendero
Conozco, sueño, odio, pertenezco
Perfume de flores
el sol del hoy
tu mano tendida
mi ignorancia
un lamento
Chicharras, bicicletas
calidez
una mirada
dos secretos
Mi cuaderno verde
"Mediocridad", dicen
tu ausencia
alcohol
un clamor
dolor de huesos
contemplo desde el final
el "mientras tanto" más extenso
Mis pies retoman el sendero
Un enrejado que no cumple su función limitadora
Vano, abierto
y yo
no mis pies
no mi cuerpo
Lo atravieso:
vuelvo.
vano, abierto
Salgo por él
Mis pies siguen el sendero
Conozco, sueño, odio, pertenezco
Perfume de flores
el sol del hoy
tu mano tendida
mi ignorancia
un lamento
Chicharras, bicicletas
calidez
una mirada
dos secretos
Mi cuaderno verde
"Mediocridad", dicen
tu ausencia
alcohol
un clamor
dolor de huesos
contemplo desde el final
el "mientras tanto" más extenso
Mis pies retoman el sendero
Un enrejado que no cumple su función limitadora
Vano, abierto
y yo
no mis pies
no mi cuerpo
Lo atravieso:
vuelvo.
Suspedido
El diábolo se encontraba suspendido en el aire. Nunca lo había tirado tan alto.
En cuanto tomó noción de la fuerza con que lanzó el juguete, se le encapsularon los oídos de la misma forma que se le encapsulaban cuando su papá le pegaba de más en la cabeza. Todo a su alrededor bajó el volumen. Comenzó a escuchar solo su respiración, mientras una gota de transpiración empezaba su carrera desde el pelo de la nuca. Sus dientes se friccionaron con fuerza, desgastando considerablemente la última muela de leche que seguía en píe. El negro de sus pupilas arremetió contra el marrón oscuro de los ojos de Miguelito y su corazón, de una sola sístole, mandó toda la sangre a la cara.
Había hecho muy poca guita esa tarde. Casi todo monedas y un paquete de galletitas que, pese al hambre, no iba a abrir porque servía para hacer bulto. Emanaba tanto calor de la cabeza que sentía que calentaba el aire de la calle. El aire frío no le aliviaba el calor, simplemente enfriaba la gota de transpiración que, ahora, mojaba el cuello de la campera de corderoy gastado.
Sus ojos siguieron la trayectoria del diábolo volviendo hacia él. Experimentó un alivio momentáneo al enderezar el cuello. Abrió la boca e inhaló con fuerza aire mezclado con hollín y humo. Flexionó levemente las rodillas, preparándose para el impacto. Las monedas de los bolsillos le pesaban como si cargara a su hermanita en cada lado de la campera. Las rodillas le castañearon, el peso le hizo sentir que era capaz de caer.
Quizás la debilidad era por no haber comido. Hubiera vuelto a su casa veintiún semáforos antes para llenar la panza, pero, si caía con tan poco iba a tener que conformarse con el sabor salado de los mocos después de un par de cachetazos e iba a ver su diábolo estallando bajo el pie de su viejo.
Sus palmas vertían una gota redonda de transpiración a cada uno de sus dedos. Al desplazar los brazos hacia la derecha, los tendones rechinaron y se le dispararon solos, como si no se tratara de una parte de su cuerpo. En respuesta a esto, apretó bruscamente los palitos y sintió cómo se desplazaban unos tres centímetros ayudados por la transpiración. Ahora sostenía los palitos solo con cuatro dedos.
En cuanto tomó noción de la fuerza con que lanzó el juguete, se le encapsularon los oídos de la misma forma que se le encapsulaban cuando su papá le pegaba de más en la cabeza. Todo a su alrededor bajó el volumen. Comenzó a escuchar solo su respiración, mientras una gota de transpiración empezaba su carrera desde el pelo de la nuca. Sus dientes se friccionaron con fuerza, desgastando considerablemente la última muela de leche que seguía en píe. El negro de sus pupilas arremetió contra el marrón oscuro de los ojos de Miguelito y su corazón, de una sola sístole, mandó toda la sangre a la cara.
Había hecho muy poca guita esa tarde. Casi todo monedas y un paquete de galletitas que, pese al hambre, no iba a abrir porque servía para hacer bulto. Emanaba tanto calor de la cabeza que sentía que calentaba el aire de la calle. El aire frío no le aliviaba el calor, simplemente enfriaba la gota de transpiración que, ahora, mojaba el cuello de la campera de corderoy gastado.
Sus ojos siguieron la trayectoria del diábolo volviendo hacia él. Experimentó un alivio momentáneo al enderezar el cuello. Abrió la boca e inhaló con fuerza aire mezclado con hollín y humo. Flexionó levemente las rodillas, preparándose para el impacto. Las monedas de los bolsillos le pesaban como si cargara a su hermanita en cada lado de la campera. Las rodillas le castañearon, el peso le hizo sentir que era capaz de caer.
Quizás la debilidad era por no haber comido. Hubiera vuelto a su casa veintiún semáforos antes para llenar la panza, pero, si caía con tan poco iba a tener que conformarse con el sabor salado de los mocos después de un par de cachetazos e iba a ver su diábolo estallando bajo el pie de su viejo.
Sus palmas vertían una gota redonda de transpiración a cada uno de sus dedos. Al desplazar los brazos hacia la derecha, los tendones rechinaron y se le dispararon solos, como si no se tratara de una parte de su cuerpo. En respuesta a esto, apretó bruscamente los palitos y sintió cómo se desplazaban unos tres centímetros ayudados por la transpiración. Ahora sostenía los palitos solo con cuatro dedos.
Pandora
Enrique detuvo el taxi cerca de una chica que se lo había con el brazo derecho extendido a media asta. Con el izquierdo acurrucaba sobre sí, como lo hacen las gallinas con sus pollitos, una valija y un bolso color verde sucio. El hombre metió, con todos los formalismos de caballero, la valija y el bolso en el baúl, le abrió la puerta y, con un suspiro breve, similar a la fatiga (o un sonido que simulaba ser suspiro y en realidad era fatiga), se dispuso a manejar.
Pandora se sintió respetada como hace años no lo hacía y, a su vez, aterrada por el nerviosismo que se respiraba dentro del vehículo: la microatmósfera se había tornado mercurio. Enrique no emitía palabra: buscaba en el disco duro de su cabeza algo apropiado para iniciar una conversación fuera del “¿a dónde la llevo?”. Al ver que no había iniciativa, Pandora decidió salvarlo tomando las riendas: “es peligroso por acá”, dijo y Enrique soltó un “sí, depende” en voz elevada pero bastante insípido.Ya se percibía un tenue olor a gomina quemada. Desamparado de toda originalidad, empleó sus preguntas ceremoniales: "¿de dónde viene?, "¿qué la trae por acá?". Todo en orden, salvo por el "¿a qué se dedica?". Pandora se escabulló detrás del asiento del conductor y su voz empalidecida dijo "trabajo en la noche". Con esa frase corrió por la materia gris de Enrique un sinfín de calamidades, todas esas calamidades que siempre quiso hacer. Se magulló la lengua hasta tornarla casi un muñón, sintiéndose insultado por la libertad que le representaba Pandora, complacido con el eufemismo y engañado porque no parecía una puta.
Pandora tuvo la certeza de que aquello era un indicio: adónde fuera su desdicha y su estigma o la desdicha de su estigma, la iban a seguir.
Link Youtube Pandora Box - 2 Minutos
Caja/Box
Hace siete meses que Andrés abandonó su puesto de peón de frigorífico para dedicarse a golpear gente en una caja con cuerdas, en un ring de box. El cambio llegó de la mano del representante que lo descubrió: Afiches con su cara, guantes nuevos, una moto espectacular, más transpiración y, por sobre todo, se mudó de la caja de zapatos que compartía con sus viejos y se alquiló un duplex en San Martín.
Pese a tanto éxito, Andrés recibía su noche de viernes intercalando miradas entre las paredes blancas y la caja boba, acostado y sólo. Decidido a aplacar la decadencia subió a su moto, puso la llave en contacto y, luego de sentir la resistencia de la caja de cambios, manejó en busca de alguna figura de mujer. Detuvo la moto y, ante un leve gesto, sin mediar palabra, ella subió, agarrándolo por la cintura mientras él buscaba una caja capaz de contener toda su lujuria.
Una vez en la habitación del albergue la miró detenidamente: era una muchacha delicada a la que, si habría conocido en otro contexto, la hubiera invitado a tomar algo, le hubiera regalado fresias y una caja de chocolates e, incluso, hubiera caminado de la mano con ella.
Mientras lo desvestía, ella sacó y desempolvó una atracción ya archivada en su caja de recuerdos. Una atracción que era producto de sus sueños adolescentes en los que un hombre lindo y escultural la respetaba, quería y libraba de sus circunstancias. Y ahí estaba Andrés, ya sobre ella, despertando de un entresueño gracias a un arañazo en su espalda, a la altura de la caja torácica y mirándola a los ojos.
Fue el último de esa noche para Pandora, gracias al pago abultado decidió cerrar la caja y retomar, al igual que él, su camino.
A la tarde siguiente ella lo reconocía en el noticiero: habían puesto su cuerpo dentro de una caja de madera para después enterrarlo. Una señora llorosa le decía a la cámara que el velorio sería a cajón cerrrado debido a la fuerza del accidente.
Sería un contenido más en la caja de recuerdos de Pandora, no había tanto que lamentar: fue solamente una aventura.
Pese a tanto éxito, Andrés recibía su noche de viernes intercalando miradas entre las paredes blancas y la caja boba, acostado y sólo. Decidido a aplacar la decadencia subió a su moto, puso la llave en contacto y, luego de sentir la resistencia de la caja de cambios, manejó en busca de alguna figura de mujer. Detuvo la moto y, ante un leve gesto, sin mediar palabra, ella subió, agarrándolo por la cintura mientras él buscaba una caja capaz de contener toda su lujuria.
Una vez en la habitación del albergue la miró detenidamente: era una muchacha delicada a la que, si habría conocido en otro contexto, la hubiera invitado a tomar algo, le hubiera regalado fresias y una caja de chocolates e, incluso, hubiera caminado de la mano con ella.
Mientras lo desvestía, ella sacó y desempolvó una atracción ya archivada en su caja de recuerdos. Una atracción que era producto de sus sueños adolescentes en los que un hombre lindo y escultural la respetaba, quería y libraba de sus circunstancias. Y ahí estaba Andrés, ya sobre ella, despertando de un entresueño gracias a un arañazo en su espalda, a la altura de la caja torácica y mirándola a los ojos.
Fue el último de esa noche para Pandora, gracias al pago abultado decidió cerrar la caja y retomar, al igual que él, su camino.
A la tarde siguiente ella lo reconocía en el noticiero: habían puesto su cuerpo dentro de una caja de madera para después enterrarlo. Una señora llorosa le decía a la cámara que el velorio sería a cajón cerrrado debido a la fuerza del accidente.
Sería un contenido más en la caja de recuerdos de Pandora, no había tanto que lamentar: fue solamente una aventura.
martes, 13 de diciembre de 2016
Lau no está, Lau se fue
El mensaje de Lau lo leí hace una semana, diez días.
Aparentemente le gusta allá. Siempre dijo, aún sin conocer Buenos Aires, que la
gente de ahí es más flexible. En el mensaje me contaba que se metió en un curso
de maquillaje ¡Debe estar tan feliz! Yo siempre me imaginé a Lau en un trabajo
de ese estilo: me acuerdo que nunca hubo forma de tapárselo. A Papá nunca le
gustó que nos produzcamos -es más, a mi vieja, jamás la vi con una sola gota de
maquillaje- y con Lau siempre andábamos
arreglándonos a escondidas.
Igual, Papá con Lau tenía una fijación. Por ejemplo: Cuando tomé
la comunión, Papá me regaló una cadenita con una medalla de la Virgen del
Milagro. Con Eleo y Lucero hizo lo mismo y al más chico, Enzo, le regaló una
pelota hermosa. A Lau no le regaló nada. La cadenita era, a la vista de papá,
casi una coquetería, una suerte de tregua que decía "no soy tan
severo". A Lau no quiso darle ese mensaje porque directamente no le regaló
nada: le palmeó la espalda con ese gesto que ponen a veces los padres a la
noche, detrás de la puerta de su habitación, sin abrir mucho, cuando uno quiere
ir a dormir con ellos porque tiene miedo y ellos quieren fifar y con ese gesto
dicen "andá a tu cama". Se le paró adelante bien erguido a lo macho
alfa, puso ese gesto y le palmeó la espalda: eso fue todo.
Yo siempre fui cómplice de Lau.
El mundo del maquillaje y la bisutería nos resultaba algo casi místico. Cuando
quedada una monedita la guardábamos para comprar pulseritas que después
escondíamos atrás de los cajones. Mi vieja no ayudaba mucho: era un títere de
mi viejo. A penas encontraba algo raro le decía a Papá y él resolvía qué hacer.
Casi siempre eran golpes. Por eso digo que ahora debe estar más que feliz: sin
hacer las cosas a escondidas, sin culpa, sin gritos ni golpes.
Durante muchos años fui la única testigo de los
momentos más genuinos y felices de Lau. Mirá, una vez, después de ahorrar y
mentir mucho nos animamos y compramos un rimmel. A los pocos días papá se fue a hacer un
trabajo y mamá fue a misa con la abuela. Entré deslizándome en la pieza de los
varones: Enzo y Lau dormían profundamente. Desperté a Lau y en un ritual muy
silencioso recolectamos las pulseritas y los anillos. De ahí nos encerramos en
la pieza de la abuela. Le agarramos colgantes, aros y una peluca para Lau
porque en esa semana le habían cortado el pelo muy cortito, casi rapado.
Desfilábamos y Lau irradiaba alegría. Era muy paradójico: nos encerramos y
fuimos más libres que nunca. Después nos lavamos bien la cara y devolvimos todo
a su lugar. Pese a las precauciones, papá notó algo raro al llegar-hasta el día
de hoy no sé qué puede haber sido-, revolvió las habitaciones y encontró las
pulseritas en mi cómoda y el rimmel en - dentro, no debajo- la almohada de Lau.
Desde esa mañana Lau no fue el mismo: siguió su vida con mucho miedo. Por eso
ahora, por más que lo extrañe, estoy muy contenta con su felicidad.
Fotografía de Alessandra Sanguinetti
Purgar
Augusto miró paralizados sus pies sobre la alfombra.
Parecía que una avispa gigante hacía tiritar el suelo y las paredes. Él también
tiritaba. Tenía las fosas nasales bañadas con olor a humedad e inhalaba el
polvo que flotaba en el ambiente. Se sentía solo y acechado a la vez, más solo
y más acechado que nunca. Caminó unos pocos pasos. Extendió tímidamente la mano
y contorneó una de las tantas máquinas víctimas del abandono. Dispuso la mano a
la altura de los hombros y la examinó: el polvo era suave, gris claro y, por
sectores de la palma, como si se tratara de un arado, concentrado en surcos
apeluzados. Sin bajar la mano, giró la cabeza como si fuese una lechuza con los
ojos enormes y asustados. Contempló las paredes blancas y desnudas y el sello
indeleble del olvido en todo el sitio. Precavidamente se dirigió a unos
escritorios. Escarbó obsesionado buscando algún documento olvidado para leer o
algún lápiz para reconfortarse con el olor a grafito. Todo sin éxito. Se sintió
terriblemente idiota. Y, aún más, cuando rogó por algún compañero que estuviese
viéndolo detrás de un mueble de oficina (aunque su compañero también pensara
que él era un idiota). En ese momento no le molestaría encontrar arañas o
ratones enormes: todo con tal de no sentirse tan sólo.
Estaba convencido de que aquel era un espacio en la galaxia
exento del paso del tiempo. Entonces tuvo la sospecha de estar muerto:
seguramente estaría en el limbo o en el purgatorio. Muerto por la curiosidad
que lo había llevado ahí.
El vacío le oprimía el pecho. Se desgarró las cuerdas
vocales con un grito, pero ni su eco lo acompañó. La avispa volvió. Intentaba
acorralarlo. Augusto corrió: Iba hacia la escalera muerto de angustia.
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