miércoles, 14 de diciembre de 2016

Suspedido

El diábolo se encontraba suspendido en el aire. Nunca lo había tirado tan alto.
En cuanto tomó noción de la fuerza con que lanzó el juguete, se le encapsularon los oídos de la misma forma que se le encapsulaban cuando su papá le pegaba de más en la cabeza. Todo a su alrededor bajó el volumen. Comenzó a escuchar solo su respiración, mientras una gota de transpiración empezaba su carrera desde el pelo de la nuca. Sus dientes se friccionaron con fuerza, desgastando considerablemente la última muela de leche que seguía en píe. El negro de sus pupilas arremetió contra el marrón oscuro de los ojos de Miguelito y su corazón, de una sola sístole, mandó toda la sangre a la cara.
Había hecho muy poca guita esa tarde. Casi todo monedas y un paquete de galletitas que, pese al hambre, no iba a abrir porque servía para hacer bulto. Emanaba tanto calor de la cabeza que sentía que calentaba el aire de la calle. El aire frío no le aliviaba el calor, simplemente enfriaba la gota de transpiración que, ahora, mojaba el cuello de la campera de corderoy gastado.
Sus ojos siguieron la trayectoria del diábolo volviendo hacia él. Experimentó un alivio momentáneo al enderezar el cuello. Abrió la boca e inhaló con fuerza aire mezclado con hollín y humo. Flexionó levemente las rodillas, preparándose para el impacto. Las monedas de los bolsillos le pesaban como si cargara a su hermanita en cada lado de la campera. Las rodillas le castañearon, el peso le hizo sentir que era capaz de caer.
Quizás la debilidad era por no haber comido. Hubiera vuelto a su casa veintiún semáforos antes para llenar la panza, pero, si caía con tan poco iba a tener que conformarse con el sabor salado de los mocos después de un par de cachetazos e iba a ver su diábolo estallando bajo el pie de su viejo.
Sus palmas vertían una gota redonda de transpiración a cada uno de sus dedos. Al desplazar los brazos hacia la derecha, los tendones rechinaron y se le dispararon solos, como si no se tratara de una parte de su cuerpo. En respuesta a esto, apretó bruscamente los palitos y sintió cómo se desplazaban unos tres centímetros ayudados por la transpiración. Ahora sostenía los palitos solo con cuatro dedos.

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