domingo, 26 de julio de 2015

Oupen maind for a diferent viu


"tenés la mirada de tu padre", así decía: era un ritual que fielmente cumplía después de admirar mi forma de mirar por unos segundos.
Orgullosamente puedo decir que fui el fruto del amor: había amor entre mis viejos.
Mi madre, evidentemente, veía en mi padre una mirada única, fuera de serie, que aún sin ser ella el objeto a contemplar, la cautivaba por completo. Sinceramente, yo nunca lo percibí así. Quizás porque justamente yo también la tengo (supongamos). Es difícil ver lo propio, ver los ojos propios. Es más fácil descubrir las cosas como un espectador, aún cuando la obra que se representa frente a nosotros es un reflejo.
Un día sin darme cuenta la miré fijo, por un instante, pero resultó suficiente para que ella pronunciara su famoso "tenés la mirada de tu padre"; entonces me superó la curiosidad y fue que le pregunté por fin cómo era la mirada de mi papá. Me dijo que tenía la mirada de un niño que se maravilla con algo que recién conoce y como consecuencia, le toma un cariño espontáneo. Me dijo, también, que en la mirada de mi padre se podía ver su amor hacia todas las cosas que se detenía a contemplar.
Ésta confesión de mi mamá fue para mí lo que fue la mañana para Newton.
Yo sabía dos cuestiones de antemano: yo no amaba a mi mamá -siempre tuvo un trato cebero conmigo-. Y debo admitir que su amor me resultaba artificial, ella me amaba simplemente porque yo fui el duplicado de su gran amor, mi viejo. Y resulté ser a su conveniencia otra mirada cautivante para este mundo.
La segunda cuestión que sabía era que mi padre miraba de igual forma a la tele, a un árbol, a las gotas de lluvia sobre la ventana, un insecto en su bebida, a mi madre, al cielo raso de la sala o a su par de mocasines de cuero marrón.
Lastimosamente mi vieja veía miradas siendo ciega, y era ciega porque así lo quiso.
Deduje que mi mamá no sabía distinguir una mirada con amor. Y si yo no la amaba, mi papá, que la miraba de la misma forma, tampoco lo hacía.
Siete años después de eso mi madre se suicidó, luego de tres intentos frustrados en los que acusaba a mi padre (creo que justificadamente) de ser mentiroso, desleal e infiel.
Su error, además de quitarse la vida, fue tener una mala percepción. Se enamoró de algo que no existía.

Si como cierre a este relato tuviera que poner un consejo o una moraleja, diría: " no valoren mucho un punto de vista o una percepción, corren el riesgo de, valga la redundancia, arriesgarlo todo por algo irreal. Barajen, también, otras posibilidades, incluso lo opuesto de lo que ven"



Drive me dice que esto es de agosto del 2013. En mi defensa diré solamente que cambié mucho y que no soy tan moralina. Besis.

Bondisofía

Mi mañana iba montada en la pecera móvil ciento treinta y dos. Buscando los altavoces de Retiro. Con planes de dar una vuelta por la esfera para salir un poco de la propia.
Por Caballito me subió la inspiración con el pelo bicolor y forma de mujer. Y yo que me había determinado a no escribir más sobre minas. Llevaba un morral anarquista y a un muchacho de la mano, que a su vez llevaba un bigote de señorito y pintura en la ropa que exigía un reconocimiento de artista plástico. Yo la miraba, ni siquiera tenía ganas de hablarle. Me hubiera viajado una guia-t completa viéndola.
Como era de esperarse aparecieron algunos cadáveres empalagosos pidiéndome versos: Bécquer, Rubén Dario y otros picos de glucemia abandonados.
Se bajó en alguna fecha patria. La veía irse. Era el final de un drama- romántico. Me faltaba la llovizna y el vidrio nublado. Ella sabía que alguien la miraba: dejaba que el viento le moviera el pelo de forma demagógica.
Pero su señorito no miraba cómo se iba: el muy forro tenía la vista en otro lado, flashes de artista seguramente.
Evidentemente las lecturas púberes románticas no quedaron estériles. Tuve que contenerme para no engraparle las córneas a la ventanilla.
Doblé la escena y la guardé en la mochila.


La mañana siguiente Él quizás pintaba algo surrealista mientras yo iba por el río con la dama del ciento treinta y dos y mi lengua pariéndole versos de Neruda.