“El Clarac”, en
Lafe –“Gregorio de Laferrere” o “La Ferrer” para los que no son de la zona–,
representa dos mundos distintos desplegados en el mismo espacio: para la
mayoría es el Instituto Madre María Luisa Clarac, un colegio católico ubicado
cerca del centro, más precisamente en donde se funde Esteban Echeverría con Soberanía Nacional. Para la minoría es el
“El ClaracPark”, o sea un skatepark que concibe su nombre tomando el
abreviado que se usa habitualmente para referirse al colegio.
El colegio no
presta ni alquila ni medio metro de su edificio para que los skaters de
Lafe practiquen el deporte que tanto les gusta: el ClaracPark se desarrolla al
margen de la institución educativa, en una de las veredas que bordea al
colegio. Soberanía Nacional es una vereda común y corriente mientras se la
compare con una vereda de Microcentro, pero esto no es Microcentro y acá un
piso más o menos parejo en un espacio público puede ser considerado un skatepark.
No hay ninguna sofisticación que justifique esa denominación, como si, para considerarlo skatepark, hiciera falta únicamente a
los skaters “pateando”.
A diferencia del
resto de las veredas de Lafe, el piso está hecho de una losa que a la vista
parece cemento pulido. Otro detalle importante es que las baldosas están
bastante parejas y que las uniones no son espaciadas.
Nunca anduve en
skate pero desde mi lugar –por lo general, sentada contra alguna pared–,
entiendo la importancia de estos detalles. Varias veces estuve cerca de algún
pibe andando en skate sobre un suelo con uniones que superaban el medio
centímetro: cada vez que las ruedas caen en la pequeña grieta se escucha un
golpe leve, similar al de un metrónomo. El sonido leve, al repetirse, se torna
molesto y, multiplicado por media docena de tablas, se acerca a una tortura
china para el tímpano. Abajo del skate lo percibo como una orquesta de
metrónomos puestos en más de 200 pulsaciones por minuto. Por mímesis, recuerdo
la molestia que producen las elevaciones previas a los peajes y pienso que
arriba del skate se debe sentir algo así. Cuando pregunto porqué
eligieron esa vereda todos coinciden en los detalles que presuponía. “No es lo
ideal pero es lo mejor que hay acá”, me dice Nicolino.
La escuela, en
cierto punto abandonó el cuidado de la vereda. Actualmente todo el
mantenimiento que hacen se limita al barrido. Tanto los azulejos de las
paredes, como el piso y los canteros que corren en paralelo a la calle, están
grafiteados. En las paredes, a su vez, hay pegados numerosos afiches de
boliches que se van alternando según la fecha. El descuido se hace más evidente
cuando se percibe algún afiche que, para captar la atención del público
masculino, exhibe una chica en corpiño con una pose en la que arquea de
sobremanera la columna para que se noten más las tetas. Puede que el afiche
esté ahí mismo el lunes por la mañana. A los padres les molestará como les
molesta, a su vez, la presencia de los skaters en la vereda. Con ambas
cuestiones habrá unos cuantos que reaccionen con resignación: los afiches de
ese estilo son bastante usuales en el centro de Lafe. Por insistencia, los
afiches se volvieron parte del paisaje y por insistencia, también, los skaters
de Lafe transformaron a la vereda de Soberanía Nacional un espacio que hoy
pueden denominar “propio”. “No hay problema con las monjas” me dice Franco, aclara
que el inconveniente lo tienen por lo general con los padres de los alumnos del
colegio.
¡Allí viene un unitario!
Iba para El
Clarac. Por costumbre no había pagado boleto y tuve que ir al otro extremo del
andén. Decanté en lo que un cartel azul –puesto por el municipio– denomina como
la intersección de la calle “Ascasubi” con la “Av. Néstor Kirchner”. Pensé en
los nombres del cartel mientras la nariz se me llenaba del olor a sangre
diluida con lavandina –olor proveniente de las carnicerías grandes de
Murguiondo, al que carnicerías de proporciones más convencionales hacen eco
olfativo–. No entiendo el abreviado de “Avenida” que se antepone al nombre del
ex presidente: no conozco quien pueda precisar el porqué de la diferenciación.
La calle que el municipio denominó “Avenida” es, en realidad Ruta 21, ruta que
no manifiesta –excepto por el paisaje de alrededor– ninguna variación desde su
nacimiento en Ciudad Evita. Todos acá pasamos por alto el nombre kirchnerista y
optamos, según la circunstancia, por dos denominaciones: la oral, que es la más
común, y la escrita. “Av. Néstor Kirchner” es, oralmente “La ruta” y, escrito
en las paredes de las buloneras y de las casas de repuestos es “Av. Gral.
Rojo”. GoogleMaps coincide con ésta última denominación pero tampoco
sabe en dónde la ruta provincial 21 deja de ser tal para convertirse en “Av.Gral.
Rojo”. Cualquier desconocido que pregunte por “Avenida Néstor Kirchner” o por “Avenida
General Rojo” podría ser considerado un extranjero parcial: se hace obvio que
el nombre arbitrario le ha entrado por los ojos mirando, quizás, GoogleMaps.
Ya estaba en
“Esteban Echeverría” para cuando, en el cráneo, se me mezcló ese nombre de
escritor con el de “Ascasubi” sumado a la combinación de sangre y lavandina.
Entonces pensé en la literatura gauchesca y, de inmediato, en “El Matadero”.
Imaginé que esa zona de Lafe era “El Matadero” y me pregunté quién podría ser
el Unitario. Si existía tal Unitario, si habría alguien que encarnara la
antítesis, la otredad absoluta del lugar adonde estaba llegando ¿cuál sería,
además, la patilla en “U” que le correspondería a ese Unitario? En el momento
de la caminata no encontré una respuesta alguna pero ahora, mientras escribo,
pienso que yo misma podría haber sido esa otredad: del crew de skate
que conozco no puedo mencionar un solo integrante que no sea un varón
cis-heterosexual y a mí, seguro, me identificarán como mujer. No necesité
preguntar por “Av. Néstor Kirchner” ni por “Av. Gra.l Rojo” frente a ellos para
que me vieran como lo distinto, ni siquiera necesito dar a saber que nunca
anduve en skate: el género que me adjudican sería mi patilla en “U”, mi
supuesta condición de mujer ya me puede haber vuelto lo distinto en El
ClarakPark.
Las paredes del Clarac
Entro en la
manzana del Clarac con la sensación de estar internándome en un microclima
distinto al de la cuadra anterior. Dejé atrás el olor a cadáver fresco, el
reggaetón de CD en bolsita y el calor contenido por de los techos de chapa –los
techos de las veredas parecen haber sido rebatibles pero ahora están oxidados y
siempre cerrados– y ahora cruzo el primer árbol de Esteban Echeverría mientras
piso una vereda regular. No puedo diferenciar dónde empieza el colegio: las
paredes no lo acusan, son idénticas desde el “Centro Familiar San Vicente de
Paul” que aparece antes de mitad de cuadra. Desde ahí las paredes son de un
color amarillo ocre “intervenido”: sobre la pintura amarilla –capa que el
colegio habrá deseado más exterior–, se desparraman los tags. Conforme
uno se acerca al ClaracPark, ve más superficie de pared escrita, como si ese
espacio fuera, además de un skatepark, un hipocentro o un foco. La
enorme mayoría de los tags están
hechos con marker.
De la cuarta
pintada legible que veo, no puedo identificar con rapidez con qué fue hecha. Es
de letras negras, en imprenta. Parece como si alguien hubiera trazado un
rectángulo a respetar después de haber hecho la pintada. Dos tag grandes
la rodean, uno por arriba y, el otro, por costado izquierdo. Ambos son de
distinto color pero juntos, dan un efecto de marco. La pintada es un mensaje
que pareciera estar dispuesto es versos. Por todos esos factores sumados a la
pared clara, me recuerda a “Acción Poética”:
MAti
SEA donde
doNdE ESTES
te deseo
UN FELIZ diA
Por sectores
las letras son difusas, como si alguien hubiera pintado con pintura muy espesa
o con un pincel que no “corre”. Una gota robusta que trazó un recorrido
bastante corto desde la “M” me confirma la teoría de la pintura espesa. Me doy
cuenta de que, por sectores, las letras delatan el uso de una esponja. Entonces
pienso en un marker casero o rellenado. Pero para pintar con un marker
–lo sabe cualquiera con un mínimo conocimiento de grafiti– se utiliza pintura
bien líquida dado que el marker, en la punta, por lo general –y si es
casero, siempre– tiene una esponja.
La pintada habrá
sido hecha por un inexperto absoluto o por un conocedor que no tuvo la
intención de diluir pintura ni de preparar tinta, que gastó más guita de lo que
debería haber gastado en esa pintada, que ofrendó pintura pura. La situación lo
ameritaba porque ¿Quién escatimaría en un mensaje para un amigo que se suicidó?
Aparentemente,
lo último que hizo Matías, antes de colgarse fue andar en skate, ir a
una fiesta de 15 en donde se habría cruzado con su “amor” y publicar un estado
en Facebook aclaró con un “No fue por una piba más, fue por el amor de
tu vida” –a Nico esa frase le quedó más indeleble que la fecha– la razón de su
suicidio.
Los chicos del
Clarac dicen que el padre del amor de la vida de Mati se oponía a la relación.
Él tenía 19 –era el más chico del crew– y ella 14 ó 15 años pero
ninguno señala esta diferencia de edad como el motivador de la oposición.
“Porque era porrero y andaba en la calle”, indican como motivo real.
No sé quién
hizo la pintada, tampoco cuándo. Sé que la pintada dedicada a Mati se
diferencia de todas las pintadas del Clarac. Que, de forma buscada o
inconsciente, alguien duplicó el “dónde” como si le urgiera saber cómo es el
lugar en el que está Mati ahora, como si no se conformara con la idea del
cementerio, como si se preguntara si existe la vida después de la muerte y si
Matías es merecedor del paraíso.
A menos de un
metro de la pintada dedicada a Matías, termina la pared de Esteban Echeverría.
En el ángulo que se forma con la unión de Soberanía Nacional, el edificio de la
escuela parece estar recordado por un corte transversal. En el “recorte” hay
una ventana cerrada con reja y alambrado. La ventana no es sólo un espacio sin
ladrillo, es también, un espacio sin afiches. Esta pequeña pared está
empapelada casi en su totalidad. En algunos centímetros no hay papel alguno y
ahí mismo se puede adivinar que la pared tiene azulejos. Ya en Soberanía
Nacional, los afiches se disipan para dar lugar a los tags. Todo planta baja está escrita. Hay tags, incluso, en el segundo piso. Tardo en encontrar una pintada
legible: a lo alto identifico un “OI!” escrito con aerosol que parece haber
sido tachado en el segundo posterior a ser dibujado el símbolo. Más cerca del
piso se lee una pintada grande hecha con aerosol y sin estética tag:
“The Mosk Crew”, dice. Más tarde, me encontraría asociando ese nombre con la
camada más reciente de skaters de
Lafe.
Hay,
diseminadas, algunas referencias más al skate: dibujos de palitos,
“skate” y “SK8” son los más comunes. De todas ellas, una contradice la idea que
tengo de los skaters –quien no es
apolítico, tiene tendencias anarquistas–: “FPV SKATE”, dice en mayúscula.
Llegando al
otro extremo del colegio, supongo que voy a encontrar un esténcil que ya
conozco: el del ClarakPark Skate Crew que denominaría al espacio como skatepark.
Debería haber visto ese esténcil que, sobre el dibujo de un skate, indica
“Clarak Park” pero, en su lugar, encuentro afiches con nombres de boliches y
bandas que me suenan a cumbia tropical. Mientras, me acuerdo de la tarde en que
Nicolino me contó sobre el momento en que hicieron el esténcil –así,
colectivamente, como si o se pudiera plasmar un esténcil entre más de 4
personas– y yo me esforzaba imaginando a 20 personas al unísono sosteniendo la
plantilla y rociando el aerosol.
Nico señala que
a la participación con ese esténcil se limita toda su historia en la
intervención de las paredes del Clarac, que él no hace “esas cosas”. Le creo
hasta que me acuerdo que Nico solía hacer wallride: habrá intervenido
las paredes –a diferencia del resto– con las ruedas de su skate.
ClarakPark Skate Crew
El wallride
es un truco que consiste en andar con el skate
por las paredes. Algo así habrá contestado Nico a mi pregunta de “¿qué es
eso?”. Cada vez que íbamos a ver Boom Boom Kid en Niceto Club, al pasar por el
puente de Av. Juan B. Justo y Av. Córdoba, Nico, borracho, decía que las
paredes del puente estaban re-piolas para hacer un wallride.
La última vez
que fuimos a un recital en Niceto Club, en comparación con nuestra
adolescencia, no había variado demasiado la escena: Todes estábamos con
sustancias químicas en nuestros cuerpos aunque ya no íbamos con la idea de
revolear las patas junto a Nekro. Íbamos a ver Elefante guerrero psíquico
ancestral para festejar el día en que Nico y mi hermana se enamoraron uno del
otro. Fue el 31 de marzo de 2013 .Nicolás, meses después de ese día, en un
especial de los Ramones en Sick, borracho, se confesaba enamorado de mi hermana
reversionando una frase del Indio: “‘todo es cuestionable, todo es discutible’,
me dijo y me conquistó”.
El alcohol,
además de ponerlo expresivo, potencia un rasgo que exhibe estando sobrio: el de
la no-solemnidad. Todas esas características se le condensaron en una frase que
decía casi a los gritos mientras mi hermana meaba en un punto absolutamente
visible de una calle de pleno Palermo: “esa es mi novia” repetía, no
reclamándola como propia sino por el orgullo que le provocaba el vínculo.
Nico también
mea en la calle pero solo cuando desborda alcohol. Se lo ve a penas en un
rincón oscuro con el cuerpo dibujando una parábola de la cual la pelvis es el
vértice, con los brazos hacia adelante y la cabeza apoyada en la pared. Después,
adrede, extiende la mano simulando un saludo.
A Nico, en el
ClarakPark, le dicen “Nicolino”. En su familia –excepto su vieja que le dice
“Pelotudo”– se refieren a él como Nicolás, a pesar de haberlo bautizado “Ignacio
Nicolás”. La elección del nombre es, de todos modos, parcial: además del
apellido Núñez, los varones de la familia reciben, desde la generación del
padre de Nicolás, “Ignacio” como primer nombre. Este nombre –como pasa con el
“María”–, es obviado y el varón es llamado directamente por su segundo nombre. Nicolás
prefiere que le digan así. Le parece un nombre más jovial que “Ignacio” que,
según él, es nombre de viejo.
Nico tiene 23
años. Desde los 8 años anda en skate, hace aproximadamente 8 años
trabaja con su familia en su casa natal como tercerizado de Prüne. Hace
más de un año alquila junto a Memo –integrante del ClarakPark Skate Crew–. A
pesar de la mala relación que tiene con la propietaria, Nico siente que merece
la pena vivir ahí.
Antes de
mudarse decía que irse de su casa para estar tranquilo era su casi su sueño,
que estaba ansioso por estar sentado escuchando radio AM. Ya en mi casa, antes
de mudarse, se daba ese pequeño gusto: un rato después de llegar y habiéndose
lavado las manos –algunas veces Cif porque “limpia más”–, la cara y los
brazos, subía a la pieza de mi hermana y prendía el radio-despertador que ya
tenía sintonizada la emisora que corresponde a “Radio 10”. Algunas veces
variaba y ponía “Radio Metro” para escuchar “Metro y medio” y en casa sonaba la
cortina que entona “somos gordos con chorizo”. A veces suena nuevamente y Nico,
avisando que se trata de una emisora de radio FM, señala que se modernizó. Por
comportamientos de ese estilo no entiendo su rechazo al nombre “Ignacio” por
considerarlo un nombre que no se ajusta a la jovialidad que él representa. Tendrá
un concepto de jovialidad distinto al mío y un poco más parecido al de “Gente
joven”, un local ubicado en Av. Avellaneda, punto de venta de “ropa para
caballeros” que, con sus productos, no dice “joven” por ningún lado. Ahí mismo,
mi hermana compra dos o tres veces al año los bóxers de tela camisera –siempre
cuadrillé– que pertenecerán a Nicolás. Esos calzoncillos bien podrían hacer
juego con las camisas –manga larga y corta– de Nico. Antes de la proliferación
de los hipsters, las usaba cerradas hasta el último botón pero ahora se
deja el cuello abierto para evitar la asociación con un estilo “de moda”: tiene
que usar lentes y por lo general usa barba y pelo corto.
Mientras
convive con Memo, Nico, al igual que a otros amigos, lo reeduca. Le molesta que
sea “tan tarado” o “pajero” y eso mismo busca modificar. Vale aclarar que Nico
le dice “tarado” a lo que yo llamaría “xenófobo” y “pajero” a lo que
denominaría “machista”.
Al ClarakPark
Skate Crew lo conforman alrededor de 20 pibes y que hay un grupo cerrado de Facebook
que legitima la pertenencia. Nico enumera: Gustavo, Dani, Memo, Santiago,
Eduardo, Bachata, Nicolino, Pinky, El Perro, Marianito, Mati Coria, Ezequiel
Páez, Porta y, anteriormente Pitu y Ale El Loco.
Pitu –Gustavo
Herrera– la pegó: se fue a Italia y ahora vive del skate. Se casó con
una roller-skater y al mes de llegados encontró sponsor.
Bachata se
llama Joel Alfonso. Era apodado “Jowi” hasta que conoció y absorbió la cultura
“urbana” o “latina”. Ahora es fanático de la bachata, baila asiduamente y tiene
el aspecto y los modos del protagonista de un video de reggaetón: anda en una
re-moto, usa zapatillas solo de marca, se adorna y toma champagne con speed.
Aunque nunca llegó a ser el narcotraficante que muestran los videos de hip hop
o reggaetón, tuvo un periodo en que fue dealer de pepa y faso. Dejó de
vender después de un accidente de moto: iba sin casco y tuvieron que operarle
la cabeza para que no muriera. Ahí hizo una promesa a no sé qué santo y dejó, a
su vez, de fumar porro por un periodo largo. Ahora, cuando fuma, se le va lo
fino y le gana el barrio: ayer mismo estuvo fumando en una botella plástica.
Memo se llama César
Augusto Olasagasti. Dice “La Capital” en lugar de “Capital” solo. Tiene 27 años.
Enmarcó y colgó en su casa el diploma de un curso como técnico de celulares. Llegó
a un punto en que no tenía plata para comer porque se había gastado todo en una
cámara fotográfica. Desde hace aproximadamente 2 años trabaja en una óptica de
lunes a sábado durante 12 horas. Desde entonces engordó: antes era flaco como
una bombilla. También tenía el pelo un poco más largo: lucía rulos precisos
como tirabuzones que no tocaron el agua caliente o como tobogancitos de
farmacia social. La estabilidad laboral trajo consigo la posibilidad de mudarse
y para eso se anexó al deseo de Nico. Nicolás repetidas veces dice que para
Memo la casa actual es una mansión, que la casa de Memo era humilde al punto de
tener el baño separado de la construcción. Ahí mismo vivía con su mamá y sus
tres hermanos: Tita, Porta y Ale El Loco. Los 4 hermanos anduvieron en skate –Tita es mujer y no tuvo vínculo
con el ClarakPark-. Además de Memo,
actualmente en el ClarakPark, está Porta –Claudio Olasagasti que recibe su
apodo por el parecido con el rapero–. Ale El Loco ya no está en el Clarak, tampoco
anda en skate. Lo apodaron así por cierto desorden que le produjo su
adicción a las drogas, desorden que lo hizo terminar en el Borda después de
intentar quemar toda su casa. Ahora hace pakour y estudia “algo de arte
plástico” en la UNA.
Spike figurará
en su D.N.I. como Juan Rodrigo Blanco Flores. Ve siempre los recitales de
espalda al escenario. Jamás escuché que alguien lo llamara por alguno de sus
nombres o apellidos. Es dueño del pelo más negro y más brilloso que conozco en
todo Lafe. Algunos atribuyen el brillo a la falta de baño. Tiene entradas
pronunciadas pero aún así mantiene el pelo largo hasta casi el final de la
espalda y atado con una colita que ubica a la altura de la nuca. Desde que lo
conozco –hace más de 4 años– no varió su pelo excepto por el avance de la
calvicie y la suma de alguna cana. Su cabellera tiene cierto olor salado pero
mientras no me acerco, por el brillo y el lacio rígido, me da la sensación de
que tendrá olor dulce, como si estuviera glaseado. A Spike, siempre que lo vi
en moto, iba con el casco pero nunca puesto en la cabeza. Ahora bajó bastante
la frecuencia con que usa la moto. Antes se lo veía–en pedo o no– para todos
lados con su Gilera azul adornada con stickers de skate.
Le pregunto qué
edad tiene y me dice que tiene 40 años, que nació en marzo del 77. La pregunta
de dónde nació la contesta con un nombre de hospital de Flores. Vivió en varios
lados porque no tenía casa: primero en Flores, después en Lugano, a los 14
llegó a Lafe para quedarse hasta la actualidad. “Varios años de viaje de Lafe a
capital para terminar los estudios secundarios”, agrega. Se recibió a los 19
años “a duras penas” porque no le gusta el sistema educativo.
Come variado y
casi nunca desayuna porque se levanta siempre a las 11 como temprano. Se dedica
a la compraventa de artículos de skate “y afines”. Cuando le pregunto
con quién vive omite la respuesta. Hasta donde sé, vive con la mamá.
Su relación con
el skate inició a sus 10 años con su primera tabla, aunque no le daba
“mucha bola” porque no lo dejaban salir solo. Recién a los 12 años comenzó andando
por la iglesia de San José de Flores. En la actualidad se considera a sí mismo
“muy” skater. Spike no anda tan asiduamente en skate pero es el
factor común entre las tres generaciones de skate de Lafe: Participó en
la primera, pertenece a la segunda y está en contacto con la tercera.
El Perro
–Cristian Mazzaro– también tiene una historia de abuso con las drogas. Aunque a
él lo ayudó un grupo de evangelistas para
que abandonara el exceso de drogas y el robo. La última vez que lo vi me habló
de Jesucristo. Hay, además, un chico –El Paisa– que se estuvo acercando al
Clarac pero que no llegó a pertenecer al crew porque, antes de eso, le
pegaron un tiro en la cabeza cuando fue a pegar no sé qué –no creo que haya
sido una pegatina– a Puerta de Hierro.
No puedo
mencionar una sola integrante femenina. Hubieron 3 mujeres que se acercaron al
Clarac para andar en skate pero al poco tiempo, se fueron. Algunos
chicos dicen que es porque a las mujeres no les gusta tanto el skate.
Nico dice que las habrán hecho sentirse incómodas, que hay muchos pibes que son
re pajeros. Me inclino por la teoría menos benévola: en una ocasión me junté
con Nico y varios pibes del Clarac que habían salido a escabiar para festejar
el cumpleaños de Santiago. Estuvimos durante horas tomando cerveza en la parada
del 59. Entre ellos, borrachos, se reían de chistes que eran juegos de palabras
que aludían a sexo o a pijas. Yo me reía sin ser parte. “¿Qué bondi viene ahí,
Maio?”, me preguntó Nico señalando el colectivo 118 e incluyéndome con un
chiste que cerraría cuando yo dijera “siento dieciocho”. Con su pregunta fui un
pibe más hasta que, durante mi ausencia, Santiago preguntó qué tantas chances
tenía conmigo.
El pasado del Skate de Lafe
El skate llegó a Lafe
aproximadamente en el año 95. Spike se acopló en un grupo de skate que
ya existía. La movida skater era tenue y cuando se daban a conocer recibían
el rechazo de toda la gente de la zona, especialmente de los grupos de
rollingas, heavys y cumbieros que les querían robar todo a penas los veían.
Andaban en un playón que había sido parte de la estación. Se juntaban todos los
sábados, incluso llegaba gente desde González Catán. Aproximadamente a los 10
años se vieron forzados a irse de ahí por el deterioro del piso y porque ese
playón comenzó, en ese entonces, a formar parte de un paseo de arte. La
retirada coincidió con la primera explosión del skate: empezaron a
abrirse skateparks por algunos sectores de Capital. Muchos de la primera
generación optaron por ir a un skatepark privado ubicado en Flores. La
minoría que se quedó en Lafe empezó a andar en la vereda del Clarac. Mientras,
empezaron a organizar diversos eventos y competencias para visibilizar el skate
y exigir a la municipalidad algún tipo de apoyo o siquiera, respeto.
El Clarac no
era el espacio más cómodo dado que la presencia policial era más alta. Quizás
por eso mismo comenzaron a frecuentar un espacio ubicado en González Catán: un
piso abandonado en un baldío en el cual ubicaron varias rampas chicas, un par
de barras y un half pipe. Casi en el año 2012 el espacio cerró después
de que muriera quien lo cuidaba. En ese periodo hubieron quienes comenzaron a
andar cada tanto en Ciudad Evita y quienes volvieron al Clarac. Para el 2012,
momento en que el skate se puso “de moda”, Converse construyó el
Converse’s skateplaza en Belgrano: ahí mismo se dirigiría el ClarakPark Skate
Crew semanalmente.
Hace pocos años
atrás alternaban el ClaracPark con el Skatepark de Mataderos. Y posteriormente,
cuando se pusieron “más exigentes” y tuvieron la capacidad de pagar se
dirigieron al skatepark privado de Tapiles, “Get up".
“Un piso para Lafe”
El evento más
grande que se organizó en Lafe para poder construir un skatepark, se
denominó “Un piso para Lafe”. Tuvo lugar en un club del barrio que les alquiló
el espacio para que se practicara un torneo de skate y tocaran las cinco
bandas que solidarizaron con la causa. Fue el 20 de octubre del 2013. Las
marcas que aportaron tablas, zapatillas y remeras de skate para que su
indumentaria funcionara como premio, también lo hicieron sin interés económico.
A esos atractivos se le sumó un buffet y una barra que vendía fernet y cerveza,
la presencia de algunas figuras del skate
local y una muestra fotográfica skater. Las entradas costaron $10 y
asistieron 300 personas.
En el ambiente
se respiraba entusiasmo, se tomaba cerveza y se pogueba: todo a la vez mientras
se esquivaba a los pibes y pibas que iban con el skate de una punta a la
otra. Los pibes del Clarak no podían poguear ni ponerse a andar; pero aún así,
cortando entradas, cuidando el stand de alguna marca, organizando el torneo,
presentando a las bandas, detrás de la barra y en la cocina, estaban felices.
Era una fiesta espectacular en la que no podían festejar porque suponían que su
festejo vendría después.
Juntaron casi
el doble de lo que se necesitaba para llevar a cabo la construcción del piso
con su respectivo alisado, pero el piso nunca se llevó a cabo. Nadie sabe decir
exactamente en qué se fue la plata: una parte importante se debe haber ido en
el pago del alquiler del club pero solo una parte, no la totalidad. Por
momentos se me dice que se fue en escabio para los pibes del crew, en
otros que no se sabe, en una ocasión me dijeron que “uno” un tiempo después
cambió la moto. La última vez que pregunté me contestaron que lo único que
sabían era que Gustavo se había llevado la plata.
“Con Catán somos primos y con Ciudad
Evita somos primos lejanos”
Así me explica
Nico la relación con cada barrio.
En Ciudad
Evita, en un campito, hay un skatepark.
Los pibes del CES (Ciudad Evita Skate)
tomaron ese espacio e hicieron un playón en el que construyeron diversas
rampas, barras y tubos. Les tocó defender el espacio de los intereses del
Municipio que había diagramado una cancha de fútbol en un espacio que incluía
al playón. El skatepark adoptó ese
mismo nombre: “El Playón” porque en un primer momento era sólo un cuadrado de
concreto. Hoy en día es un ejemplo de autogestión en el skate. De hecho, fabrican sus propias tablas. Quizás, motivado por El
Playón, surgió De-Crooked –“crooked” es un truco de skate–, una banda
skate-punk que logró tocar en El Playón mismo con Eterna Inocencia.
Creo que la
lejanía de la que habla Nico se explica con la admiración. Siempre tengo la
sensación de que los skaters de Lafe admiran a los skaters de
Ciudad Evita y visceversa. Los skaters de Ciudad Evita también tienen motivos
para admirar a los de Lafe: a pesar de todo, siguen en la búsqueda de un lugar
propio y adecuado. Siguen con el deseo y, como reza El Gordo Wallas, y como
saben los crews, “el deseo es el premio mayor”. Además, tienen el
“destroy” que compone un lema que bien sabe de piel skater: “skate and destroy”.
Un skatepark en Lafe
Franco es un skater
de la generación más reciente, de “The Mosk”.
—Hay mucha
gente que vive en Lafe y le queda lejos ir a un skatepark para andar
—comenta—. Como yo soy abanderado de La Vidal, hablamos. Nos juntamos los pibes
y hablamos con ella. Y ella nos dio una idea para empezar a juntar firmas.
Entonces empezamos a juntar firmas y la gente, al principio, se nos reía. Pero
después fue tomando onda y hicimos los planos para hacer el skatepark en la segunda plaza.
— ¿Después de
la instancia de firmas que hay que hacer? — le pregunto.
— Y,
supuestamente iban a empezar a hacerlo ahora a fin de año.
— ¿cuántas
firmas les pidieron?
—Nos pidieron 1000
pero juntamos 1500. Estuvimos juntando por Lafe, Catán, Capital. Por todos
lados, cada vez que salíamos a andar, llevábamos la planilla de las firmas.
— ¿Por qué
apelaron directamente a Vidal, por qué no fueron a pedirle a Magario?
—Y, porque La
Vidal es amiga de mi papá y como yo tenía buenas calificaciones me llevaron a
mí como abanderado y ahí quedé. Empecé a laburar con ella, a hacer propaganda y
bueno, me hice la onda. Le hablé del tema, juntamos a los chicos. —Nico me pasa
un faso y me advierte que Franco está en rehabilitación. Entonces, toma la
palabra —Nadie hizo tanto como este pibe por el skate en Lafe. Nosotros
nos movimos pero él está exigiéndole al Estado — y Franco, mientras, se va en skate tras su crew a la parada del 180.
Antes había
múltiples lugares posibles para situar el skatepark.
Ahora hay planos y un lugar específico que me da sensación de ser más factible.
Pero “más factible” no significa “asegurado”. Cuando se desarrolló “Un piso
para Lafe” tuve dos ilusiones: que en Lafe iban a construir un clon de El
Playón y que podía predecir el futuro del Clarak. Aprendí que es imposible
predecir qué va a ser del skate en
Lafe y de los chicos del ClarakPark. No sé nada del futuro del skate en Lafe. Lo único que tengo son
sospechas y una oda-punkie a la duda sobre el futuro del skate de Lafe que dice algo así:
Si en Lafe va a
haber un skatepark amarillo, yo no sé
No sé si Franco
miente
No sé nada
Sócrates un
poroto
En Lafe son
todos porotos
Si algún
porotín va a terminar como Pitu, no sé
Si algún
porotín va a terminar como Ale El Loco, no sé
No sé si
quieren prender fuego todo
Si van a perder
la cabeza de un tiro
O si van a
dejar la cabeza en la moto
Si van a hacer
un evento que les dé el piso que quieren
Si van a tomar
un terreno y a defenderlo de la yuta
Si van a
tomarse toda la guita, no sé
Si van a tomar
un terreno para después abandonarlo, no sé
Si va a tocar
Eterna Inocencia ahí mismo, no sé
Si Bachata se
siente más bachatero que skater, no sé
No sé si van a
armar una banda de skate-punk
Si quieren irse
a Italia
Si quieren que
les paguen por andar
Si quieren
pagar por andar
No sé si va a
haber una mina en el ClarakPark
No sé si Memo
va a terminar siendo progresista
Si Nico va a
convertirse en Ignacio, no sé
Si Spike va a
morir con el skate en los pies, no lo sé
Si quieren
quedarse en El Clarac, no lo sé
Si quieren
viajar en soga hasta donde
¿Dónde? Mati
esté, no lo sé.