viernes, 10 de febrero de 2017

Pendejos 1

Rosa encontraba, a fuerza de estropajo, nuevamente el fondo de la olla. Una vez enjuagada, se inclinaba para contemplar el interior, esperando reflejarse en el metal caliente de tanto fregar. La olla ya no brillaba, era reflejo era inexacto. El esmaltado se había ido como se había ido, también, la juventud de Rosa. Conservar la olla resultaba un acierto reconfortante: le devolvía solo un contorno que ella rellenaba con el recuerdo de su propia cara.
Ninguno de sus hijos se daba cuenta de esto: tenían indicado meterse cada uno en su labor ni bien terminaban de comer. El que menos noción podía tener de todo esto era Dante, el mayor, que llegaba, se atragantaba con el almuerzo y se recluía en el fondo de la pieza donde habían ubicado el taller de costura. Sus otros dos hijos tenía simplemente que hacer la tarea de la escuela.
La rutina tan acartonada surgió cuando Joel empezó a perder interés por el estudio y, por lo tanto, a bajar bastante las notas. Lo único que lo sujetaba al mundo escolar eran sus amigos y compañeros de la primaria.
La insistencia de Rosa era tan esquivada como se podía. Por una parte, Oriana no quería soportar tanta rigidez por culpa de su hermano y, por otra, Joel buscaba un kilómetro de excusas para huir de su responsabilidad de estudiante.
Dante, desde el taller, predecía cada detalle de las discusiones que surgían en torno a la tarea de la escuela. Sabía si ese día Joel optaría por hacerse el enfermo, si iniciaría una discusión con su hermana, con su mamá o si de entrada diría un "no" rotundo. Sabía, también, con admirable precisión cuantos segundos tardaría en percibirse el desprendimiento del revoque a causa de los portazos.
Él también iba a la escuela, solamente que después de explotarse las ampollas de agua producidas por el uso reiterado de la tijera, iba por sí solo a hacer su tarea. Para ese entonces la revuelta domestica estaba, para bien o para mal, concluida y Rosa tomaba su puesto en la máquina de coser para unir los retazos.
Para Dante habían pasado meses desde la última salida, incluso los chicos del barrio lo molestaban por eso. En ese mismo tiempo Joel comenzó a subir las notar: "quiero salir, vieja" le dijo con tono más parecido a la exigencia que al pedido mientras le exhibía una hoja cuadriculada que relucía un ocho color verde en el extremo superior derecho. La madre accedió contestando con un hilo de voz. Percibía la distancia que crecía entre sus hijos, incluso entre ella y Dante, pero sabía que su primogénito era, ante todo, sensible y comprensivo.
Una tarde, Rosa fue citada desde la escuela por una situación que, según dijo la directora, no podía comunicarse por teléfono. Al llegar le dijeron que aún siendo Abril, Joel tenía muchas posibilidades de repetir el año. No terminaba de entender, su hijo había llevado notas muy buenas en el último periodo. Pero estaba todo más claro que el agua: se trataba de notas falsificadas.
Camino a la parada del colectivo, absorta, repasando las palabras de la directora, le entregaron a  Rosa un volante que no miró y guardó automáticamente en el bolsillo de la campera.
En la puerta de su casa hizo una pausa, inhaló y hundió la mano en el bolsillo del abrigo buscando las llaves. Algo frenó el recorrido de la mano: un papel suave, de una textura casi plastificada, como de revista. Lo retiró de dentro del bolsillo y dirigió su vista hacia él. Era el volante de colores crujientes que había aceptado, minutos antes, sobre Arieta. El volante en cuestión publicitaba un instituto de bachilleratos acelerados para posibles repetidores. Al darlo vuelta confirmó lo que suponía: los aranceles eran impagables. Si quería que su hijo no repitiera, tanto Dante como ella, tendrían que trabajar mucho más.    


miércoles, 1 de febrero de 2017

Pendejos 2

La doña del primer asiento de la parte alta del colectivo, el más cercano a la puerta del medio, lo miraba como descifrándolo. Después puso una mueca a lo Mirtha Legrand:  una que pondría la diva de los almuerzos al ver cómo, en su programa, una invitada se limpia el aceite de la boca con la hombrera del blazer. ¿Por qué había cambiado la expresión?¿qué respuesta había encontrado después de revolver tanto adentro de ese cráneo ablandado por la osteoporosis?
Joel pensaba en eso mientras se rascaba con disimulo.
Llevaba siete meses afeitándose la barba casi sin sentido, hasta que una tarde, después de que no le quedó en toda la casa mancha de humedad por examinar, fue y se afeitó los pendejos.
Cada vez que se afeitaba estrenaba una maquinita o, como mucho, usaba una por segunda vez. Esto sucedía porque el vello facial de Joel era una pelusa y no tenía necesidad de afeitarse muy seguido. A su vez, dejaba por cualquier lado la maquinita y, en esos momentos poco usuales en que la encontraba, estaba oxidada o con signos enrulados de que alguien más la había usado. Evitaba compartir la maquinita con su hermano no por prevenir alguna enfermedad que se pasara por sangre (alguna ETS que era cosa que casi, casi, le preocupaba), sino porque una parte de él suponía que su hermano podía contagiarle, de esa forma, los granitos. Por eso cuando terminó de afeitarse la cara y lavó la maquinita sintió que aquel filo gris relucía pidiéndole más cantidad de vello. No se iba a afeitar las axilas, ni las piernas, ni los brazos, ni el pecho: "eso es de puto", pensó. Se sacó de una sola vez la bermudas junto con el bóxer y miró con detenimiento como para conservar una imagen del "antes" y así poder contrastar. Se embadurnó con agua jabonosa y se afeitó todo hasta donde le dio la vista.
- Le sacaste la bufanda al muñeco. Al pedo, guachín- le dijo Lautaro Budiño desde el mingitorio de al lado, en el baño del colegio, dos días después.
-ah, cierto, a vos porque te gustan peludas, gay- contestó Joel riéndose.
- vos reíte que te va a picar más- dijo Lautaro cerrándose la bragueta.
Jo el no preguntó para no quedar mal parado: no supo a qué tipo de "pica" se refería, no pudo descifrar el código (bueno, eso si es que estaba codificada su respuesta) ¿Algo que ver con minas?¿le estaba diciendo que le picaba que Lautaro ganara más con las minas?
Budiño era compañero de su hermano y se llevaba un poco con Joel, cosa que con Dante no pasaba. "Seguro", pensaba Joel, "porque yo soy más piola". Pero para mantener esa imagen de más piola, se achicó, se quedó callado viendo cómo Lautaro se iba.
No le había picado hasta que estuvo arriba del 180. Si le hubiera preguntado esa mañana a Lautaro, quizás habría podido hacer algo para prevenir semejante molestia: echarse talco o pasarse la manteca de cacao de las chicas del fondo. Pero ahora era tarde y la doña del primer asiento lo miraba cruzado aun cuando él simplemente simulaba buscar algo en el bolsillo delantero del pantalón o cruzaba y descruzaba las piernas para que el cierre le oficializara de rascador.
Podía bajarse. Bajarse, sí. Meterse en una calle poco transitada y sacarse la epidermis de los huevos y de todas esas otras partes de piel que rodean al pene (estaba muy urgido como para recordar el nombre que le había enseñado la profe de ESI) a rasguño limpio. Pero se iba a volver fósil esperando que pasara el siguiente 180 y su vieja lo iba a llamar mil veces. Siempre, después de aquel 3 en Físico-química, lo llamaba ante la más mínima demora, le hablaba con fastidio, lo trataba como si tuviera 10 años y, por sobre todo, le mencionaba a Dante: "Dante nunca", "Dante siempre", "¿por qué no podés ser un poco más como tu hermano Dante?"
Joel respiró hondo y dijo para adentro "Señora, con todo respeto ¿usted nunca se depiló ahí?".

Pendejos 3

- Mirá que yo tiempo para llevarte al hospital no tengo, Oriana- gritó Rosa desde la puerta de la cocina mientras se limpiaba las manos con un repasar quemado- si te caés, vas a tener que ir vos sola.
- No pasa nada, Má- contestó también a los gritos Oriana, desde arriba de dos sillas apiladas, con la cabeza adentro del armario que iba empotrado a la pared.
- Cualquier cosa la lleva el novio- dijo Dante, sumándose.
-Vos callate, tarado- respondió Oriana.
Tomó una caja cargada de polvo. Bajó con cuidado y la apoyó sobre la mesa del taller. Sin respirar levantó las solapas de la caja y miró como el polvo se esparcía. "Parece una bomba o los fuegos artificiales que tira el comisario en navidad" pensó al ver la nube de polvo.
De la caja sacó una bolsa amarilla que, con marcador, anunciaba "Oriana de 1º a 4º". La colocó en el piso y poniéndose de espaldas a la puerta se dispuso a revisar todo lo que estaba en el interior. Agarró el cuaderno que le pareció más atractivo: rojo, de comunicados, tapa blanda forrada con papel grueso, relieve que simulaba tela de araña.
En el centro, donde se apreciaban los ganchitos, había un sobre intacto que, en letra cursiva de su vieja (letra que le conocía de casualidad porque Mariel siempre escribía en imprenta), decía "Fernando". Adentro una carta y el frente de un remedio:


Antes que nada quería pedirte que la nena no vea esto. Por más que no sepa leer, reconoce mi letra y, sabrás, por lo curiosa que es, va a querer que le cuentes de que se trata. Si ya lo vio, no importa, no le mientas: está al tanto de alguna que otra cosa que te voy a mencionar. Yo hago lo posible para mantener a los chicos al margen de todo esto, pero ya ves lo difícil que es.Joel hace meses que entra y sale de las anginas. Se cura y se vuelve a enfermas de lo mismo. Por eso no fue a visitarte ni este fin de semana ni el anterior. En la salita me dijeron que puede ser amigdalitis y, a penas el nene escuchó eso, me preguntó qué era. La pediatra le explicó y, cuando llegamos a casa, me pidió que no te dijera nada porque sino no lo ibas a llevar el día del niño al Parque de la Costa. Bueno, como verás, ya estamos a dos días de que termine agosto. Toda la mañana del día del niño la pasaron emponchados, sentados en el primer escalón de la escalera, mirando por la ventanita de la puerta para ver cuándo llegabas. A la tarde llegó el papá de Dante y le regaló un muñeco parecido al Power negro.


¿Cuál Power negro? -intentó recordar- ¿será que mamá se confundió con el Max Steel que tiene Dante todavía en la repisa? ¡Cómo gedió con el Max Steel!


Oriana se enojó mucho, lloró y dijo que no quería verte nunca más. A la noche se le pasó.


Suspiró como sacándose algo espeso y se llevó la mano hacia la frente "¡Qué tipo tan garca!", dijo, y en eso se le escapó una "r" bien marcada que vibró un largo rato en el paladar de la chica, aunque con voz lo suficientemente baja como para que nadie escuchara. Bueno, quizás alguien sintió sonar la "r" pero ¿qué importa una "r" cuando hay tantas cosa por hacer en la casa?
¡Cómo no me acordaba de esto! Yo, encima, haciéndome ilusiones con lo de la tablet- pensó- Claro: ¡qué me va a regalar una table si dijo que no le alcanza para vivir si nos pasaba cuota alimenticia! No cambiás más, papá. Vos viví, total, que tus hijos se arreglen.


Joel no lloró pero cuando fui a darle el antibiótico, se negó. Lo tomó recién cuando le compré una Coca para bajarlo. Ahí me preguntó si no lo querías y yo no sabía qué decirle.


Joya -se quejó Oriana con el pensamiento- al nene le compraba Coca para bajar el antibiótico y yo no puede comprarme ni un chicle en el kiosco de la escuela - y, con la voz de su mamá resonando en el cráneo, pensó- porque me voy a "picar los dientes y es un gasto al pedo" y tengo que comprarme solo "comida de verdad" o llevarme desde casa. Dale, má ¿qué querés que haga con 7 pesos? es divino ir con la mochila llena de baranda a empanada frita.


Al nene mañana lo voy a llevar a la salita así le inyectan penicilina. Fue lo que me recomendaron en la guardia del Hospital del Niño de San Justo. Por supuesto, le va a doler un montón, pero por lo menos, vamos a dejar de darle tanto antibiótico. No parece tener dolor de panza pero seguramente tanta pastilla le estará haciendo mal.
Todo esto es, más que nada, para pedirte que estés más presente en la crianza de los chicos. Y que si les prometés algo que, por favor, lo cumplas. Si pensás que quizás no podés cumplirlo, no se lo prometas. Espósito me dijo que en la próxima audiencia tengo que decir todo esto. La verdad es que prefiero arreglarlo directamente con vos porque sino, después, van a citar a los nenes para hablar con la psicóloga del juzgado y, la verdad, es que lo sufren mucho. Yo se el esfuerzo que hacés para cumplir con los alimentos, pero tenemos dos hijos hermosos que se merecen mucho más.


¡Uy! Mamá es una boluda o era, ya ni sé. Una vez que Espósito la pega, no le hace caso. Bueno, igual, el juzgado es un lugar horrible.


Acá te mando el frente del antibiótico que está tomando (espero que solamente hasta hoy) Joel.
Por favor, reflexioná.
Rosa.

Oriana se llevó la mano derecha al bolsillo del short y agarró su celular. Abrió la agenda y borró el contacto que figuraba bajo el nombre de "Papá".