Hace siete meses que Andrés abandonó su puesto de peón de frigorífico para dedicarse a golpear gente en una caja con cuerdas, en un ring de box. El cambio llegó de la mano del representante que lo descubrió: Afiches con su cara, guantes nuevos, una moto espectacular, más transpiración y, por sobre todo, se mudó de la caja de zapatos que compartía con sus viejos y se alquiló un duplex en San Martín.
Pese a tanto éxito, Andrés recibía su noche de viernes intercalando miradas entre las paredes blancas y la caja boba, acostado y sólo. Decidido a aplacar la decadencia subió a su moto, puso la llave en contacto y, luego de sentir la resistencia de la caja de cambios, manejó en busca de alguna figura de mujer. Detuvo la moto y, ante un leve gesto, sin mediar palabra, ella subió, agarrándolo por la cintura mientras él buscaba una caja capaz de contener toda su lujuria.
Una vez en la habitación del albergue la miró detenidamente: era una muchacha delicada a la que, si habría conocido en otro contexto, la hubiera invitado a tomar algo, le hubiera regalado fresias y una caja de chocolates e, incluso, hubiera caminado de la mano con ella.
Mientras lo desvestía, ella sacó y desempolvó una atracción ya archivada en su caja de recuerdos. Una atracción que era producto de sus sueños adolescentes en los que un hombre lindo y escultural la respetaba, quería y libraba de sus circunstancias. Y ahí estaba Andrés, ya sobre ella, despertando de un entresueño gracias a un arañazo en su espalda, a la altura de la caja torácica y mirándola a los ojos.
Fue el último de esa noche para Pandora, gracias al pago abultado decidió cerrar la caja y retomar, al igual que él, su camino.
A la tarde siguiente ella lo reconocía en el noticiero: habían puesto su cuerpo dentro de una caja de madera para después enterrarlo. Una señora llorosa le decía a la cámara que el velorio sería a cajón cerrrado debido a la fuerza del accidente.
Sería un contenido más en la caja de recuerdos de Pandora, no había tanto que lamentar: fue solamente una aventura.
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