miércoles, 14 de diciembre de 2016

Pandora

Enrique detuvo el taxi cerca de una chica que se lo había con el brazo derecho extendido a media asta. Con el izquierdo acurrucaba sobre sí, como lo hacen las gallinas con sus pollitos, una valija y un bolso color verde sucio. El hombre metió, con todos los formalismos de caballero, la valija y el bolso en el baúl, le abrió la puerta y, con un suspiro breve, similar a la fatiga (o un sonido que simulaba ser suspiro y en realidad era fatiga), se dispuso a manejar.
Pandora se sintió respetada como hace años no lo hacía y, a su vez, aterrada por el nerviosismo que se respiraba dentro del vehículo: la microatmósfera se había tornado mercurio. Enrique no emitía palabra: buscaba en el disco duro de su cabeza algo apropiado para iniciar una conversación fuera del “¿a dónde la llevo?”. Al ver que no había iniciativa, Pandora decidió salvarlo tomando las riendas: “es peligroso por acá”, dijo y Enrique soltó un “sí, depende” en voz elevada pero bastante insípido.
Ya se percibía un tenue olor a gomina quemada. Desamparado de toda originalidad, empleó sus preguntas ceremoniales: "¿de dónde viene?, "¿qué la trae por acá?". Todo en orden, salvo por el "¿a qué se dedica?". Pandora se escabulló detrás del asiento del conductor y su voz empalidecida dijo "trabajo en la noche". Con esa frase corrió por la materia gris de Enrique un sinfín de calamidades, todas esas calamidades que siempre quiso hacer. Se magulló la lengua hasta tornarla casi un muñón, sintiéndose insultado por la libertad que le representaba Pandora, complacido con el eufemismo y engañado porque no parecía una puta.
Pandora tuvo la certeza de que aquello era un indicio: adónde fuera su desdicha y su estigma o la desdicha de su estigma, la iban a seguir.

Link Youtube Pandora Box - 2 Minutos


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