lunes, 3 de julio de 2017

Durante la siesta



 No podía dormirse. El ruido de las patas y el pico de la cotorra contra el metal no ayudaba. De no haber sido por el ruido, que casi le hacía doler los dientes, hubiera considerado la angustia que podía causarle a su primo. Pero no, no consideró el cariño –si es que así podía llamarse- que David tenía por Stella, la cotorra. No consideró lo mucho que éste se divertía cuando, al sacarla de la jaula, la agarraba con una fuerza que delataba saña para después, con ella, fingir que era un pirata. Si Stella hubiera sido una bombucha, habría explotado en la mano de David.
Se sentó en la cama y paró el oído. Contó mínimo cuatro ronquidos y giró la cabeza para mirar a David que, constató, dormía con la boca abierta, exhibiendo todas sus piezas dentales.
 Llegó en silencio al lavadero, donde estaba Stella. Se detuvo frente a la  jaula con la mano en el alambre que ataba la puerta solamente para recordar si Stella alguna vez había cantado. “Cantó hasta que David tuvo la altura suficiente para llegar a la jaula”, pensó.  Entonces desató el alambre y metió la mano en la jaula. Stella daba saltitos sobre el palo y no se dejaba agarrar: no adivinaba la intención del humano posicionado frente a ella. Con Stella entre sus manos caminó hacia el níspero, la dejó en la rama más baja y volvió a la cama. Para cuando todos se despertaron, Stella seguía ahí y decidieron que al día siguiente le cortarían las alas.

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