Se sentó en la cama y paró el oído. Contó mínimo cuatro
ronquidos y giró la cabeza para mirar a David que, constató, dormía con la boca
abierta, exhibiendo todas sus piezas dentales.
Llegó en silencio al
lavadero, donde estaba Stella. Se detuvo frente a la jaula con la mano en el alambre que ataba la
puerta solamente para recordar si Stella alguna vez había cantado. “Cantó hasta
que David tuvo la altura suficiente para llegar a la jaula”, pensó. Entonces desató el alambre y metió la mano en
la jaula. Stella daba saltitos sobre el palo y no se dejaba agarrar: no
adivinaba la intención del humano posicionado frente a ella. Con Stella entre
sus manos caminó hacia el níspero, la dejó en la rama más baja y volvió a la
cama. Para cuando todos se despertaron, Stella seguía ahí y decidieron que al
día siguiente le cortarían las alas.
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