En
el último mensaje, antes de bloquearlo, le escribí “No. Te estaba cargando.
Chau.”. Me había preguntado si podíamos volver a vernos por lo menos como
amigos y yo le contesté que sí, que “re” quería y le puse un montón de emojis
que decían “sarcasmo” de acá a Indochina. Se ve que no captó y, entonces, me
preguntó si quería que nos viésemos esa misma noche. De ahí mi respuesta.
“estaba” fue la conjugación
exacta para exhibir ese momento preciso de mi ruptura, y “cargar” fue el verbo
exacto para condensar mis motivos para irme de casa. Ningún otro verbo hubiera
resumido mi relación. Con “joder”, “descansar”, “molestar” me hubiera referido
a algo que estaba haciendo cuando acepté sarcásticamente su
propuesta pero no era una forma de expresar el porqué de mi disgusto que era,
en realidad, lo que yo quería. Explicarlo pero sin hacerlo explícito: eso
quería, después de tanto tiempo, no servirle todo en bandeja. Y por eso ahí lo
bloqueé, porque me iba a pedir motivos que, con esfuerzo, podría notar porque
yo ya había dicho con menos de veinte caracteres. Con “cargar” me había referido al hecho de que
yo lo sostenía, lo cargaba del “cargar” que uno usa para decir, por ejemplo: “¿podés
cargar un rato a la beba que yo tengo que pasar el trapo?”. Juan había delegado
todo su bienestar en mí, no era capaz de hacer algo por sí mismo, ni siquiera
por su propia salud. Ya me había advertido mi ex cuñada que él es como una
criatura que “hay que cuidarlo mucho porque es muy frágil”. Y yo siempre,
mientras tuvo trabajo, lo cuidé. Cuando dejó de tener trabajo se deprimió y mi
cuidado se transformó en anulación. Yo llegaba cansado de laburar y lo veía en
pijama, jugando a la Play. La situación era invariable: el mismo pijama, el
mismo juego, el mismo living y así las 10 horas del día en las que estaba
despierto. Me molestó la situación y me peleé con él varias veces hasta que
entendí que estaba desmotivado. Entonces, opté por motivarlo: le mostré que
había un montón de laburos re copados, lo invité al shopping y le compré camisas
lindas para alguna probable entrevista laboral, hicimos juntos un taller de
serigrafía, armamos juntos su CV y hasta lo anoté en un curso para perfeccionar
su inglés pero Juan siempre volvía al sillón, al pijama y a la Play. Me di
cuenta entonces que lo estaba “cargando” pero estaba vez de otra forma: lo
estaba cargando en el sentido de “dotar”(del "cargar" que uno aplica para "tengo que cargar el celu"), de dar una carga de sentido, un
motivo para vivir que él no lo encontraba. Después mi delicadeza desapareció,
me cansé y, ya en la última instancia, empecé a exigirle, creyendo que con un
par de gritos podía avivarlo y hacerle nacer el interés necesario para que
dejara el abandono que tenía con él mismo. Nada tuvo sentido. Por eso mi
mensaje, por eso el pretérito de “estar”: ya no lo hago más y no pienso, en
ningún sentido de la palabra, volver a cargarlo.
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