“Naín salió choca-pómulo”, dijo Mercedes. Me lo trasmitió con un tono de lamento comparable al tono que pondría al contar que su hije quiere ser policía. Para hacerle entender que esa situación no era algo definitivo, que era una etapa quizás, que estaba exagerando, le contesté que Naín es unx nenx todavía ¿Para qué le contesté eso? Al escucharlo se infló los pulmones desmedidamente (quizás para inhalar palo santo), se quedó ocho segundos con el aire retenido (los ocho segundos exactos que se toma para retener cuando medita) y soltó sonidos que no se parecieron ni un poco a un mantra: “con más razón, siendo niñe no debería ser choca-pómulo. Esto me tiene muy angustiade”, respondió. Pero Mercedes más que angustiade está avergonzade. No le dijo nada a Naín porque eso significaría no dejarle ser. Pero las ganas de no dejarle ser (choca-pómulo) se le notan a la legua.
De todas formas le entiendo. Hay pocas cosas tan desesperantes como ver cuando Naín saluda a alguien. Más si ese alguien es amigue de la familia. Más si Mercedes está presente. Si quien saluda es amigue de la familia, intentará saludar (como a todes) a Naín con un abrazo, un beso, una caricia. Y ya con el abrazo Naín se pone rígide: no alza sus brazos para abrazar, se limita a ser abrazade y se le ve la incomodidad en el aura. Mercedes, entonces, mira casi sin mirar: sabe lo que se viene. Para cuando el intento de abrazo concluye y quien saluda pretende dar o recibir un beso, Naín no acomoda la mejilla para ser besade, no saca labio, tampoco hace ruidito de beso. Da un golpe en el pómulo con la mandíbula o con el pómulo propio –lo que esté más a mano, lo que le permita huir más rápido de un saludo amoroso-. Y en este punto quien saluda se siente tan frustrade que ni siquiera intenta acariciarle. Mercedes mira la separación post-abrazo y no cambia su expresión constante de paz pero por dentro es un mar de reproches. Por fuera tararea Perotá Chingó y por dentro se pregunta qué hizo para tener une hije choca-pómulo.
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