Nadie te mira. Aprovechás para ponerte, sin presionar, el vaso
enfriado por el jugo sobre la picadura. Lo retirás antes de levantar sospechas
o antes de que Mamá pregunte de dónde sacaste esa idea y diga que el vaso va en
la mesa como si no supieras que ese es su lugar, como si fueras una nena de
jardincito. Vos no sos de jardincito: ahora vas a la escuela y te la aguantás.
“Ajo y agua”, como dice el tío Beto. Pero la picadura empieza a extrañar el
frío del vaso y sentís otra vez como si tuvieras un corazón diminuto en el
muslo izquierdo, un corazón que late rápido y fuerte y pide frío para calmarse.
Sentís, incluso, como si el aguijón se estuviera moviendo. No sabés si está
clavándose más en tu carne o si está saliendo muy de a poco ¿Lo sentís
solamente o es real? No podés fijarte: Papá no está tan imantado a la tele y
Mamá ya se sentó a la mesa. Intentando disimular el ardor, el pinchazo y el
latido te llevás un raviol a la boca. Masticás lento y te quedás con la mirada
fija en el vaso no tan lleno y no tan frío como antes. El jugo sabor multifruta
marca Mocoretá que contiene el vaso es bien rojo, rojo como los cuernos del
Diablo o rojo como el rojo que debe tener ahora tu picadura. La última vez que
chusmeaste estaba de un color rojo tenue, hinchada y un poco más elevada hacia
el centro, como si se tratara de una montañita. Imaginás que en algún momento,
apretándote o no, el aguijón va a salir. “Seguro, el aguijón va a salir con el
estallido de la picadura”, pensás aunque con otras palabras. “¡Comé con la boca
cerrada, Malena!” La voz de Mamá te saca de tus pensamientos. Ahí mismo, Papá
agarra el control y dice que va a poner algo que les guste a los cuatro
(mentira: Mamá ni mira tele y Lauti es chiquito y mira solamente dibujitos).
Papá deja el Discovery y te dice “¡Mirá, Male: un documental sobre volcanes!”.
Y, efectivamente, mirás y ves lava brotando de ese agujero que está en lo más
alto del volcán y te acordás de la imagen que recién dibujaste en tu cabeza: la
picadura estallando y expulsando el aguijón. Con ese recuerdo el ardor, el
pinchazo y el latido se sienten más. Pensás que quizás este almuerzo es una
trampa, que quizás Mamá y Papá ya saben que saliste a jugar con los chicos, que
algún vecino les contó que los vieron tirándole piedras a un panal y que a vos
te picó una abeja en la pierna. Quizás todo es una trampa para que confieses y
para que tu Mamá vuelva a tener toda la razón y diga que no te quiere ver más
jugando con los varones y, sobre todo, con “esos” varones que son “tan
salvajes”. No sabés si esto es o no una trampa: lo único que de verdad sabés es
que te duele la picadura y que los volcanes se ven igualitos a las picaduras de
abeja.
No lo sospechás, por supuesto ¿cómo habrías de sospechar? Dentro
de casi veinte años te va a pasar algo parecido a esto: vas a descubrir a qué
otra cosa se parece un volcán. Una mañana, en la oficina, al cruzarte de
piernas, vas a sentir un pinchazo sin saber el motivo de esa irrupción. Vas a sospechar
que algo pinchudo se te metió en la media de nylon o en la bombacha y vas a
postergar la corrida al baño para deshacerte de esa molestia hasta el break
(No, Male, no vas a saber hablar en inglés: vas a decir “break” porque todos en
la office dicen “break” y “call” y “after”).
Te vas a meter en un cubículo del baño y vas a bajar la tapa, vas a
sentarte en el inodoro tapado y te vas a bajar de una sola vez la media junto
con la bombacha. Vas a buscar en la media y en la bombacha el supuesto objeto o
fracción de objeto que, supondrás, causaba anteriormente el pinchazo y no vas a
ver nada extra: nylon en la media de nylon y bombacha con flujo en la bombacha.
Vas a pensar que quizás el fucking pinche se te clavó y, para verificarlo, vas
a repetir el movimiento que te hizo detectar el lugar específico de la
molestia. Ahí, con el cruce de piernas, vas a volver a sentir el pinchazo cerca
del glúteo. Con los años vas a perder elasticidad y la vista no te va a llegar,
como ahora, al glúteo. Vas a tocar la zona de la molestia y vas a percibir una
elevación. Vas a rechazar la idea de que pueda ser un objeto extraño a tu
cuerpo. Vas a palpar y a notar, así, una protuberancia demasiado grande como
para ser un pelo encarnado. Y, espejito en mano, te vas a parar para
contemplarla. Va a ser rojo como la picadura de abeja. Para ese entonces vas a
saber qué significa una ETS y por eso vas a abrir bien grandes los ojos y, acto
seguido, vas a googlear “grano rojo en la zona genital”. Ninguna de las
imágenes que Google te exhibirá se va a parecer a tu protuberancia: la tuya va
a ser de un color rojo tenue, hinchada y un poco más elevada hacia el centro,
como si se tratara de una montañita. Vas a pensar entonces que al apretarla
seguro va a estallar, expulsando sangre aguachenta, de aspecto similar al jugo
Mocoretá sabor multifruta. Y vas a recordar, entonces, este almuerzo y el
documental sobre volcanes. Vas a pensar, en ese momento, que no sabés de qué se
trata tu protuberancia veinteañera, sólo vas a saber que te duele y vas a
llegar dos conclusiones: una va a ser “los volcanes se ven, también, igualitos
a mi protuberancia” y, la otra “qué bueno que no está Mamá para hacerme sentir
que tiene toda la razón y decirme que no quiere verme con tal o cual varón y,
sobre todo, con esos varones que son tan salvajes”.
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