miércoles, 1 de febrero de 2017

Pendejos 2

La doña del primer asiento de la parte alta del colectivo, el más cercano a la puerta del medio, lo miraba como descifrándolo. Después puso una mueca a lo Mirtha Legrand:  una que pondría la diva de los almuerzos al ver cómo, en su programa, una invitada se limpia el aceite de la boca con la hombrera del blazer. ¿Por qué había cambiado la expresión?¿qué respuesta había encontrado después de revolver tanto adentro de ese cráneo ablandado por la osteoporosis?
Joel pensaba en eso mientras se rascaba con disimulo.
Llevaba siete meses afeitándose la barba casi sin sentido, hasta que una tarde, después de que no le quedó en toda la casa mancha de humedad por examinar, fue y se afeitó los pendejos.
Cada vez que se afeitaba estrenaba una maquinita o, como mucho, usaba una por segunda vez. Esto sucedía porque el vello facial de Joel era una pelusa y no tenía necesidad de afeitarse muy seguido. A su vez, dejaba por cualquier lado la maquinita y, en esos momentos poco usuales en que la encontraba, estaba oxidada o con signos enrulados de que alguien más la había usado. Evitaba compartir la maquinita con su hermano no por prevenir alguna enfermedad que se pasara por sangre (alguna ETS que era cosa que casi, casi, le preocupaba), sino porque una parte de él suponía que su hermano podía contagiarle, de esa forma, los granitos. Por eso cuando terminó de afeitarse la cara y lavó la maquinita sintió que aquel filo gris relucía pidiéndole más cantidad de vello. No se iba a afeitar las axilas, ni las piernas, ni los brazos, ni el pecho: "eso es de puto", pensó. Se sacó de una sola vez la bermudas junto con el bóxer y miró con detenimiento como para conservar una imagen del "antes" y así poder contrastar. Se embadurnó con agua jabonosa y se afeitó todo hasta donde le dio la vista.
- Le sacaste la bufanda al muñeco. Al pedo, guachín- le dijo Lautaro Budiño desde el mingitorio de al lado, en el baño del colegio, dos días después.
-ah, cierto, a vos porque te gustan peludas, gay- contestó Joel riéndose.
- vos reíte que te va a picar más- dijo Lautaro cerrándose la bragueta.
Jo el no preguntó para no quedar mal parado: no supo a qué tipo de "pica" se refería, no pudo descifrar el código (bueno, eso si es que estaba codificada su respuesta) ¿Algo que ver con minas?¿le estaba diciendo que le picaba que Lautaro ganara más con las minas?
Budiño era compañero de su hermano y se llevaba un poco con Joel, cosa que con Dante no pasaba. "Seguro", pensaba Joel, "porque yo soy más piola". Pero para mantener esa imagen de más piola, se achicó, se quedó callado viendo cómo Lautaro se iba.
No le había picado hasta que estuvo arriba del 180. Si le hubiera preguntado esa mañana a Lautaro, quizás habría podido hacer algo para prevenir semejante molestia: echarse talco o pasarse la manteca de cacao de las chicas del fondo. Pero ahora era tarde y la doña del primer asiento lo miraba cruzado aun cuando él simplemente simulaba buscar algo en el bolsillo delantero del pantalón o cruzaba y descruzaba las piernas para que el cierre le oficializara de rascador.
Podía bajarse. Bajarse, sí. Meterse en una calle poco transitada y sacarse la epidermis de los huevos y de todas esas otras partes de piel que rodean al pene (estaba muy urgido como para recordar el nombre que le había enseñado la profe de ESI) a rasguño limpio. Pero se iba a volver fósil esperando que pasara el siguiente 180 y su vieja lo iba a llamar mil veces. Siempre, después de aquel 3 en Físico-química, lo llamaba ante la más mínima demora, le hablaba con fastidio, lo trataba como si tuviera 10 años y, por sobre todo, le mencionaba a Dante: "Dante nunca", "Dante siempre", "¿por qué no podés ser un poco más como tu hermano Dante?"
Joel respiró hondo y dijo para adentro "Señora, con todo respeto ¿usted nunca se depiló ahí?".

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