viernes, 27 de enero de 2017

Cela

Marcela se fue y me dejó cierta sensación agridulce – y decir “agridulce” resulta un tanto inexacto porque mi sensación no tiene blanco ni negro. No es gris: al gris lo componen elementos opuestos y yo no tengo tal cosa. Mi sensación es un color del cual no se deducen los elementos que lo componen. No hay oposición porque incluso los elementos que la forman, están desdibujados-. No hay sensación de fracaso: no se llevó del todo mi confianza en mi capacidad de cambio. Tampoco hay rastro de ingrediente reconfortante o dulce: andar medio en bolas por la casa no me alcanza.
Estoy de viaje y me pasé toda la mañana amasando mi sensación para meterla en la caja con el rótulo correspondiente. Tiro en contra de la lógica binaria y quiero definir mi sensación. Me imagino, entonces, a mí misme como una madre/ padre/ tutore/ loquefuere angustiade por no saber cuál es el género de su hije. Pero mi sensación no es mi hije. O sí, es mi hije. Unx hije hiperquinétique y yo una madre falta de energía y de voluntad: veo a mi retoño revotando como pelota de ping-pong de una punta a la otra de la casa, picando en un lóbulo de mi cerebro y, después, en otro. Le veo hacer y deshacer. Yo estoy apoyada contra la mesada, quizás comiendo una manzana, quizás sorbiendo un café, quizás comiéndome las cutículas, mientras mi hije pisa el sillón con las patas sucias, rota el televisor que todavía estoy pagando, se acerca por demás a la hornalla encendida o escala los muebles para llegar a la puerta más alta, supuestamente inaccesible para elle, donde guardamos los juguetes sexuales.
Amaso mi sensación y sigue amorfa: no es una pirámide, ni un perfume con notas cítricas, ni un anzuelo, ni un ataúd, ni un trofeo, ni un apoya-pava ni un meteorito, pero es, a su vez, todo eso.
Veo a mi sensación-hije y no quiero que se dañe ni que dañe mis pertenencias. No quiero que juegue en mi cráneo pero tampoco quiero empastillarle, mandarlo a un jardín doble jornada ni dárselo a mi vieja para que lo cuide: quiero que se quede conmigo y que sea como es y que, a su vez, no sea como es. Quiero que no me dé trabajo pero que me implique un desafío (un desafío que se resuelva sin mi intervención y que el mérito sea todo mío).
Marcela se fue mientras no estábamos. Ni siquiera avisó. Nos enteramos por un mensaje de mi viejo que anunciaba “Marcela me pidió la llave francesa”. Tanto él como nosotres supusimos que la usó para desarmar la cama de Mili. Y, si quería desarmar la cama de Mili, era para mudarse: no hay vueltas. 
De todas formas me siento bien – y digo “bien" solo porque con un “mal” la gente se preocupa y pide que tenga claro los motivos de mi malestar-, pero como se siente bien un empleade oprimide que no marcha por miedo a que se la den: se entera por la tele que reprimieron a sus compañeres, se inclina en su silla mientras absorbe un mate lavadísimo y reflexiona “¡Qué bueno que no fui!” y, más tarde, “¡Qué feo que está este mate!¡está tan cara la yerba, la concha de la gorra!”.
Me siento bien porque ahora puedo andar en tetas, darme baños largos, estar escabia en casa, llegar del orto y no fingir Papá Noel existe. Aunque también me siento mal –digo “mal” porque quiero que me ayuden a entender- y no sé exactamente por qué. “porque se fue Marcela” sí, pero eso es la espuma.
Tengo una sensación que quiero definir para saber cómo tratarla y me da miedo el tratamiento. No sé si desmenuzarla o eludirla, por eso hago ambas cosas. Está conmigo, además, un aprendizaje que no quiero que se instale definitivamente.
No tan querido aprendizaje: lo pretendo, a usted, un huésped. Lo pretendo –permítame que le haga saber-, transitorio, como huésped transitoria fue Marcela ¡Apostamos hasta la última hematíe y terminó siendo una huésped! Huésped con todos los formalismos correspondientes: “buenos días”, “buenas noches”, contraseña en nuestra compu y las tazas de ellos –porque siempre fueron “ellos”- que apenas tocaban la bacha.
El dichoso aprendizaje, a todo esto, vendría a ser el siguiente: la línea que diferencia la ayuda de la anulación es tan flaca que a veces una y otra son lo mismo. Pero queda muy largo, así que, a modo de hacerlo más de bolsillo, podría decir “el que te ayuda, no te ayuda” que sería refrán hermano del “sé autosuficiente hasta el ACV”. 
Proto-conclusión: Tengo que ser más crítica con la ayuda que brindo porque, de no serlo, podría no brindar una ayuda real y contribuir, así, con la pretenciones delx opresore. Por otro lado, mientras analizo, las cosas suceden y no quiero ser another brick in the Wall. Quiero, si es preciso, bañarme en aguas negras, meterme en la mierda para después dormir en paz. Quiero preguntarle a Jorge Drexler cómo hace para precisar solo dos cosas y en qué se transforman las buenas intenciones ¿necesariamente se vuelven una piedra en el camino al infierno? Y si se transforman en piedra pre-infernal, entonces ¿conviene tener intenciones o conviene ensimismarse, mirar siempre el ombligo propio, tirar agua solo al molino propio, pasar de todo, convertirnos en la vieja de Marcela y limpiar la sangre de nuestre hije mientras le cagan a trompadas?. Ahora, si no se convierten en piedra pre-infernal ¿cómo se explica que Marcela fue solo una huésped? ¿cómo se entiende que se haya ido así?

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