"tenés la mirada de tu padre", así decía: era un
ritual que fielmente cumplía después de admirar mi forma de mirar por unos
segundos.
Orgullosamente puedo decir que fui el fruto del amor: había
amor entre mis viejos.
Mi madre, evidentemente, veía en mi padre una mirada única,
fuera de serie, que aún sin ser ella el objeto a contemplar, la cautivaba por completo.
Sinceramente, yo nunca lo percibí así. Quizás porque justamente yo también la
tengo (supongamos). Es difícil ver lo propio, ver los ojos propios. Es más
fácil descubrir las cosas como un espectador, aún cuando la obra que se
representa frente a nosotros es un reflejo.
Un día sin darme cuenta la miré fijo, por un instante, pero
resultó suficiente para que ella pronunciara su famoso "tenés la mirada de
tu padre"; entonces me superó la curiosidad y fue que le pregunté por fin
cómo era la mirada de mi papá. Me dijo que tenía la mirada de un niño que se
maravilla con algo que recién conoce y como consecuencia, le toma un cariño
espontáneo. Me dijo, también, que en la mirada de mi padre se podía ver su amor
hacia todas las cosas que se detenía a contemplar.
Ésta confesión de mi mamá fue para mí lo que fue la mañana
para Newton.
Yo sabía dos cuestiones de antemano: yo no amaba a mi mamá
-siempre tuvo un trato cebero conmigo-. Y debo admitir que su amor me resultaba
artificial, ella me amaba simplemente porque yo fui el duplicado de su gran
amor, mi viejo. Y resulté ser a su conveniencia otra mirada cautivante para
este mundo.
La segunda cuestión que sabía era que mi padre miraba de
igual forma a la tele, a un árbol, a las gotas de lluvia sobre la ventana, un
insecto en su bebida, a mi madre, al cielo raso de la sala o a su par de
mocasines de cuero marrón.
Lastimosamente mi vieja veía miradas siendo ciega, y era
ciega porque así lo quiso.
Deduje que mi mamá no sabía distinguir una mirada con amor.
Y si yo no la amaba, mi papá, que la miraba de la misma forma, tampoco lo
hacía.
Siete años después de eso mi madre se suicidó, luego de tres
intentos frustrados en los que acusaba a mi padre (creo que justificadamente)
de ser mentiroso, desleal e infiel.
Su error, además de quitarse la vida, fue tener una mala
percepción. Se enamoró de algo que no existía.
Si como cierre a este relato tuviera que poner un consejo o
una moraleja, diría: " no valoren mucho un punto de vista o una
percepción, corren el riesgo de, valga la redundancia, arriesgarlo todo por
algo irreal. Barajen, también, otras posibilidades, incluso lo opuesto de lo
que ven"
Drive me dice que esto es de agosto del 2013. En mi defensa
diré solamente que cambié mucho y que no soy tan moralina. Besis.
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